Mostrando postagens com marcador Colômbia. Mostrar todas as postagens
Mostrando postagens com marcador Colômbia. Mostrar todas as postagens

terça-feira, 19 de agosto de 2014

JOTAMARIO ARBELÁEZ | Colombia y Nadaísmo



FM | Este diálogo nuestro gira en torno a la actuación de varias revistas literarias en los años 60. El Nadaísmo surge en 1958, actúa de forma relevante durante toda la década siguiente y solamente al final publica su revista –esto en una época en que las acciones grupales o individuales resultaban primordialmente en la publicación de revistas–. ¿Qué pasó? ¿Qué impidió la creación de una revista propia del grupo?

JA | Cuando en la Medellín de 1958, la ciudad más católica y trabajadora de Colombia, publicamos el “Primer manifiesto nadaísta” –donde se afirma que “Dios murió en el diluvio y su cadáver no fue rescatado por los bomberos”, y que “el trabajo es atentatorio contra la dignidad de la poesía y también contra la propia dignidad humana”–, allí ya se anuncia la próxima aparición de la Revista Nada… La verdad desnuda, la negación.
Los nadaístas eran entonces una banda de poetas muy jóvenes, extravagantes y extra vagos. Gonzalo Arango era el único que trabajaba intensamente, escribiendo cuentos, manifiestos, poemas, dramas, cartas, comunicados y colaboraciones literarias para los periódicos. Con lo poco que ganaba, articulaba el movimiento, hacía ediciones en mimeógrafo, compraba libros, estampillaba correspondencia, pagaba las cuentas en los bares. En los primeros 12 años nunca hubo recursos para editar la revista. Pero no sentimos necesidad. Como tampoco de la publicación de libros. Los medios impresos fueron generosos con nosotros, considerando la virulenta originalidad de los proponentes, para difundir nuestro “evangelio de la nueva oscuridad”. Los suplementos literarios dominicales de todos los diarios del país publicaron profusas muestras literarias de los “nuevos bárbaros”. Aunque después se dieran al trabajo y a la libertad de desmigajar todo y, al encontrarlas dignas de “esquizos”, insultarnos a través de sus columnas editoriales. Así la fama rápidamente se desparramó y también la influencia en la juventud. La revista Mito, órgano del grupo que comandaba Jorge Gaitán Duran, nos dedicó por completo su último número. Revistas de otros países nos cedieron sus páginas. Entre ellas El Corno Emplumado y Pájaro Cascabel, de México, dirigidas una por Margaret Randall y Sergio Mondragón, y la otra por Thelma Nava; Eco Contemporáneo, de la Argentina, dirigida por Miguel Grinberg; de Venezuela, Zona Franca, dirigida por Juan Liscano, y Rayado sobre el Techo, del grupo El Techo de la Ballena; La Bufanda del Sol y Pucuna, de Ecuador, dirigidas por los poetas tzántzicos Ulises Estrella e Ivan Egüez; El Pez y la Serpiente, de Nicaragua; y Venezuela Gráfica y O Cruzeiro, del Brasil, estas últimas revistas de variedades. Solamente en 1970, cuando confluimos en Bogotá los nadaístas de la provincia, sobre todo de Medellín y Cali (Gonzalo Arango, Amílcar Osório, Eduardo Escobar, Darío Lemos, Humberto Navarro, Jaime Jaramillo Escobar, Elmo Valencia, Jotamario Arbeláez) es que se decide la publicación de Nadaísmo 70, como fue llamado el primer número, y simplemente Nadaísmo, como aparecieron los 7 números siguientes. En esta revista eran publicados sólo los textos que la prensa nacional rechazaba. Era dirigida por Gonzalo Arango y Jaime Jaramillo Escobar hacía el papel de editor y gerente. Este último, en aquel momento, daba inicio a una agencia de publicidad y había suspendido la escritura de sus poemas, aunque no del todo, porque traducía a su muy especial manera los poemas de Geraldino Brasil, cuyos libros le había regalado el director del suplemento de El Tiempo, Eduardo Mendoza Varela. Los críticos afirmaban que Geraldino no existía, pues a su respecto no a se encontraba pista alguna. Hace poco, cuando me invitaste  a Recife, adonde llevé las traducciones completas, leí algunas de ellas y  tuve la sorpresa de ver a la familia del poeta entre el público. Pero yo hablaba de la revista. Teníamos que conseguir anuncios publicitarios para financiarla. La prensa de derecha acusaba a los anunciantes de estar subvencionando la subversión. Los gerentes de las empresas se fueron  acobardando. Gonzalo se cansó de buscarlos. Y hasta allí llegó la aventura.

FM | Tienes razón. Era amplia la atención que se daba, en todo el continente, al Nadaísmo. De alguna manera ustedes también tenían una publicación propia, formada por el conjunto de páginas dedicadas al movimiento en varias publicaciones de la época. Pensemos inicialmente en Colombia. Mito surge en 1955 y prosigue hasta 1962. La edición de la revista es considerada más una proeza intelectual que económica. Naturalmente este aspecto no era el único que distinguía a los dos movimientos. Armando Romero observa que en Mito el elemento poético es, de cierta manera, secundario, una vez que la revista era mantenida por “un grupo intelectuales que planeaba disputar el poder con la generación del Centenario”. [1] Además de esas distinciones, sobre las cuales pido tu comentario, ¿qué otros puntos son esenciales al establecer una diferencia entre Mito y Nadaísmo?

JA | Aclaro que sí tuvimos una publicación insolente que duró muchos años (1959-1970), llamada Esquirla, suplemento dominical del diario El Crisol, de Cali, donde publicábamos lo que era considerado impublicable en cualquier otra parte. También editada en Cali, la revista El Ojo Pop. Eduardo Escobar, del grupo de Medellín, también hizo su revista de poesía, La Viga en el Ojo. Cuando el poeta Mario Rivero se apartó del grupo fundó su revista Golpe de Dados. Y muchos jóvenes inventaban revistas para darse el lujo insolente de publicarnos.
Cada vez que se habla de generaciones, grupos o movimientos en Colombia, los cítricos (sic) y los catedrásticos (sic) anulan el Nadaísmo, dando un máximo relieve a la obra de los escritores de Mito y al aspecto editorial de la revista en sí. Y enfatizan que el nuestro no fue ningún movimiento de vanguardia, y ni siquiera poético. Como máximo, un problema social, un caso policial. Los señores de Mito eran intelectuales progresistas de buenas familias y posición social, con estudios en Europa y conexiones con los medios periodísticos y editoriales. Los nadaístas éramos poetas de provincia, de clase media baja y en su mayoría menores de edad. Pero sabíamos disimular nuestra inexperiencia mostrándonos al día con las tendencias de vanguardia y asustando a burgueses y beatos con el eslogan “somos geniales, locos y peligrosos”.
Los nadaístas bebimos en Mito, cuya colección se apoyaba en el estudio del poeta X-504. Es posible decir que el Nadaísmo nace y se amamanta con Mito y que Mito muere y es  enterrada después de haber dedicado su última edición a los poetas nadaístas vivos. Así como Mito influyó en el Nadaísmo, el Nadaísmo lo haría en dos grandes grupos de los ’70: el M-19 y los hippies. El M-19 hizo la paz y los hippies hicieron la revolución.
Con la muerte de Gaitán Duran y la consecuente desaparición de Mito, quienes más perdieron fueron los nadaístas, le reveló Álvaro Mutis a Armando Romero. Gaitán Duran había pensado en delegar la dirección de su revista a Gonzalo Arango, una vez que consideraba que el Nadaísmo era el fruto más evidente de su trabajo de introducir las nuevas –y ocultas– tendencias catárticas en la literatura y en el arte. Del Marquês de Sade a Sartre, a Genet, a Bataille, a Wright Mills, a Brecht, a Malraux, a Shaw, a Sagan, a Ezra Pound, a Patchen, a Tardieu, a Lefevre, a Gramsci, a Visconti, a Callois, a Pizarnik, a Goytisolo, a Updike, a Mondolfo, a Lévy-Strauss, a Perse, a Nobokov, a Benn, a Durrell, a Ghelderode, a Rulfo, a Cortázar, a García Márquez y al propio Gonzalo Arango y sus jóvenes alegres. Pero muerto el capitán cesa la fragata.
Años después los nadaístas harían su propia revista, que acabó llamándose Nadaísmo. Mientras buscábamos el nombre, uno que posiblemente rindiera homenaje a Mito, surgió uno que sólo descartamos cuando entendimos que la mención de Mito nos dejaría disminuidos: Nadais-Mito. 

FM | También me parece que la ausencia de una revista está de alguna manera compensada por las publicaciones colectivas del movimiento, 13 poetas nadaístas (1963) y De la nada al nadaísmo (1966). ¿Esta es también tu opinión? ¿Cómo era la circulación de esos libros? ¿Alcanzaron la misma anuencia de parte de esa red de revistas en varios países?

JA | Cuanto más famosos nos hacíamos, igualmente más pobres, y nuestros editores en  aquellos momentos eran todavía más pobres que nosotros. Los libros ni siquiera conseguían llegar a las librerías. Eran agotados en nuestras conferencias y giras por el país, dados a cambio de un hospedaje zaparrastroso o un plato de sopa. Pero muchos poemas saltaron de allí a las antologías. Los libros nos servían también para despertar anfitriones. Hoy son objetos de culto en bibliotecas sofisticadas. Y son encontrados para la venta a precios tan exorbitantes que sus propios autores no los podemos adquirir.

FM | Ahora, ¿cómo ustedes se relacionaban con una publicación surgida en los años 60 y activa en toda la década, como lo era la revista Eco (1960-1984)? ¿De qué manera esta revista, que según Eduardo Jaramillo fue, al menos en sus comienzos, “la revista de un humanismo en el exilio”, percibía la actuación de los nadaístas?

JA | Era una excelente revista, de tendencia germanista, donde no dejaban que los nadaístas mostraran la nariz, a excepción de Armando Romero, que publicó algunos textos insólitos. Su director en aquella época, Juan Gustavo Cobo Borda, poeta y crítico literario de poca importancia, afirma: “los nadaístas siempre me saturaron” –en ocasión de nuestros 50 años– porque nuestro provincianismo y nuestra penuria económica nos impedían –según él – alcanzar el cosmopolitismo. Imagínate que hasta el presente ya representamos a Colombia en 20 países, y que algunos estamos forrados en oro. Yo apenas aguanto las ganas de proclamar que soy el Premio Internacional de Poesía “Chino” Valera Mora, de la Fundación Rómulo Gallegos, noticia que prácticamente ningún diario colombiano quiso divulgar.

FM | [risas] En un ensayo, el mismo Juan Gustavo Cobo Borda observa que la revolución nadaísta se dio “inicialmente, más como una poesía de la acción que como una propuesta de renovación literaria”. [2] ¿Cómo entendían ustedes las relaciones entre poesía y comportamiento?

JA | Una poesía de la acción, claro, a través del terrorismo verbal. Más que de arruinar el soneto, tratábamos de desestabilizar las instituciones. Hace  algunos días tuve la ocasión de celebrar en Cuba, en el XIV Festival Mundial de Poesía, los 50 años de dos revoluciones gemelas: la cubana y la nadaísta. Ambas sometidas a bloqueos parecidos. Los cubanos al de los gringos; los nadaístas al de este tipo de críticos.

FM | Cuando surge la antología de Aldo Pellegrini, en 1966, donde estás publicado al lado de poetas de la generación anterior (Mito), el propio Pellegrini menciona que el grupo de los nadaístas se encontraba “actualmente dividido”.  Me gustaría que comentaras algo con respecto a esa escisión momentánea.

JA | El nadaísmo siempre estuvo dividido en tantas partes como nadaístas lo integraban. Inclusive alguien llegó a decir que los nadaístas eran 3 y estaban divididos en 4. En el seno del nadaísmo, en los primeros años, hubo disputas, sobre todo entre Medellín y Cali, unas reales y otras ficticias. Las reales, por diferencias ideológicas, como las relaciones con el partido comunista, que no nos veía con buenos ojos porque sentían que les estábamos arrebatando la juventud, que con nosotros se dedicaba a fumar marihuana en vez de ir a la guerrilla. Con todo, éramos sus grandes aliados en las denuncias públicas contra la burguesía, el stablishment y el imperio. Las ficticias, para dar que hablar a la prensa cuando pretendía callarnos. Las diferencias persistieron porque no hubo nunca una doctrina cerrada, había partidarios de la lucha armada y del budismo zen, seguidores de Gandhi y de Marighela. Cuando Pellegrini me publicó en su antología viva latinoamericana yo tenía 25 años y acababa de devorar la Antología de la poesía surrealista, que robé de una librería con el poeta argentino Leandro Katz. Desde entonces empecé a hablar de surrealismo cuando me daba la gana.

FM | ¿Los nadaístas se sentían más próximos al surrealismo o a la Beat Generation? ¿Había esa distinción, considerando, entre otros aspectos, las influencias europeas y estadounidenses?

JA | Las influencias de los movimientos de vanguardia europeos y de los beatniks no fueron previas. Nosotros las encontramos por el camino. Sólo Gonzalo Arango y Amílcar Osório estaban suficientemente ilustrados en ese tema. Los demás, como te digo, éramos escritores incipientes con pretensiones de genialidad. En los dos o tres primeros años devoramos toda la literatura de vanguardia del mundo. Además del surrealismo y de los beatniks, fueron fundamentales para nosotros el existencialismo de Sartre y el zen de Suzuki, la patafísica y el pietismo. Mi devoción inicial yo la centré en Jarry, Eluard, Breton, Prévert y Péret, pero todos nosotros navegábamos en Kafka, Akutagawa, Dostoievsky, Joyce, Guimarães Rosa, Steckel, Wiennenger, Rimbaud, Lautréamont, Whitman, Poe, Lovekraft, Donne, Pound, Huidobro, Fernando González y Cardenal.

FM | Dentro de ese amplio espectro, se realiza en México, en 1964, el I Encuentro Americano de Poetas, promovido por el Movimiento Nueva Solidaridad. Ustedes enviaron al evento una carta donde leemos: “La poesía se sentirá orgullosa si consigue restituir en los espíritus esa rara virtud humana tan en desuso en nuestro  mundo que es la amistad; y si consigue detener el desierto espiritual que crece en nosotros y en la historia, arruinando el esplendor del mundo”. Ese momento apostaba a la imposición de un nuevo valor moral, al surgimiento de lo que entonces se llamaba “el hombre poscristiano”. No hubo un resultado satisfactorio, no es necesario decirlo. Las sociedades contemporáneas erradicaron la amistad, las leyes básicas de convivencia humana, y todo se restringe a las esferas del consumo y de la intolerancia religiosa. Después de los años 60 nunca más se volvió a pensar en una “nueva solidaridad”. ¿Hay alguna razón específica para el fracaso de lo que allí entonces se buscaba?

JA | La carta de Gonzalo a ese congreso desbordaba humanismo en plena primavera de la guerra fría. Cuando, en busca del “hombre nuevo”, hasta los sacerdotes estaban tomando las armas. Muchos nadaístas no teníamos ilusión alguna con la llegada de ese hombre prometido que haría de la tierra un campo de paz a través de movimientos de liberación. Aunque, de cualquier manera, haya llegado, y casi inmediatamente, con la generación hippie, que fue uno de los tiempos de cambio más bellos que vivió la humanidad. Paz y amor, brothercito, parece poco? Así como Ginsberg fue electo su profeta, para los nadaístas esos chicos fueron nuestros profetizados. Con todo respeto por la revolución cubana, no creo que el hombre nuevo fuera el Che Guevara; el hombre nuevo fueron los hippies, esos surrealistas de Dios. El hombre nuevo no estaría interesado en sembrar cinco o seis Vietnam, sino en acabar con la guerra. Lástima que se evaporaron cuando la ropa se acabó, los cabellos cayeron e institucionalizaron el cannabis. Pero desde entonces el vendaval de Dios retornó al mundo. Y todo aquel que fue hippie lo sigue siendo.

FM | En una carta de noviembre de 1971, Gonzalo Arango escribió a Aura de Mera cosas como: “Hay que salir del sistema, de todos los sistemas dominantes. Inclusive del Nadaísmo” […] “El Nadaísmo nos sacó del abismo negro y nos condujo a un abismo de luz, de amor, de libertad. Ya no encuentro sentido en la protesta, en la rebeldía de esos años. No protestaré más. El Nadaísmo ya me parece estrecho para vivir. Me frena el vuelo.” […] “El Nadaísmo también se está volviendo un callejón sin salida, un sistema de ver, pensar, sentir; un modo de ser, en síntesis.” […] “Ahora escribo poco, como habrás ‘leído’. No tengo casi nada que decir.”

JA | Gonzalo tuvo una crisis 13 años después que había inventado el nadaísmo y la expresó así. Era su forma de seguir siendo nadaísta “a su manera”. Había probado el LSD, había llegado al paraíso que es la isla de Providencia, había encontrado el amor en una joven caminante proveniente de Inglaterra, en suma, se había reconciliado con Dios. Quiso regresar del fondo del desfiladero al cual había conducido a la juventud. Nosotros lo seguimos.
Aunque, déjame decirte, a esta altura del 2009, que pienso que el nadaísmo, después de 50 años de algarabía, debe desaparecer del panorama social e inclusive del teatro poético, convertirse en la sociedad secreta que siempre debería haber sido, y trabajar de una manera alquímica en la transformación del alma del mundo.

FM | ¿Sin LSD, sin Providencia y sin amor, o sea, ningún tipo de reconciliación con Dios?

JA | Confieso que sin ninguna influencia lisérgica, geográfica o emotiva, entré en acuerdo con Jesucristo. Con él voy a trabajar en la parusía. Estoy entregado al viento paráclito. Y adopté una nueva divisa: “No creas en el Credo. Cree en todo.”

FM | A cierta altura de nuestro diálogo mencionaste la revista O Cruzeiro, brasileña, que era muy antigua, había surgido en 1928 y no pertenecía al ambiente de nuestra conversación. ¿Había alguna otra aproximación relacionada al Brasil en términos de publicaciones periódicas?

JA | Ahora los dadaístas tenemos lugar en Agulha. Allí están nuestros poemas, manifiestos y declaraciones blasfematorias y sacras, en ese templo sin altar del surrealismo. No puede pedir más el hijo del sastre, ahora dedicado a confeccionar su novela La casa de las agujas.

[2006-2009]

[Esta entrevista integra o volume Un poco más de surrealismo no hará daño algún a la realidad, de Floriano Martins (México: UACM, 2014)]


[1] Romero, Armando. Los poetas de “Mito”. Separata de la Revista Iberoamericana # 128-129. Madrid. Julio-Diciembre de 1984.
[2] Borda, Juan Gustavo Cobo. “El nadaísmo, 1958-1963”. Revista Eco # 224. Bogotá, agosto de 1980. 

quarta-feira, 13 de agosto de 2014

ARMANDO ROMERO | El tiempo en la esfera quemante del Nadaísmo



La publicación de un libro como la Antología del Nadaísmo (Editorial Sibila, Sevilla, España, 2009), organizada y prologada por el poeta y ensayista Armando Romero (Cali, 1944), él mismo uno de los nadaístas, y en ocasión de los 50 años bien cumplidos de actividad de este movimiento indispensable para la comprensión de las vanguardias en nuestro continente, es un documento valioso, sea por su natural condición histórica, de reunir a lo disperso, sea por el criterio del organizador, que subo ser honesto en su mirada crítica, observando los dos lados, dentro y fuera, de la jornada suya y de sus legendarios compañeros. Ya en 2008 otro nadaísta, Jotamario Arbeláez (Cali, 1940), había organizado algo que se podría considerar como un prototipo de la antología de Romero, un librito que intituló Antología – 12 poetas nadaístas a la hora del té (Universidad del Valle, Cali, Colombia, 2008). En su prólogo, Jotamario observa que estos poetas

…no fueron muy dados al esfuerzo editorial, con alguna que otra excepción galopante, porque consideraron que el envase esencial del poema no es el libro sino el poeta. “Mi obra es mi vida – dijo Dario Lemos mientras se desvivía por vivir –, lo demás son papelitos”. Los editores nunca pensaron que podrían ser buenas presas para el mercado. Y colegas de otras corrientes se apresuraron a desprestigiarlos, aun más, para que no invadieran sus predios. Esos que publican y republican por aquí y por allá, porque merced a su sagacidad burocrática se agenciaron aliados por todas partes.

Además de Armando Romero, cuya obra ha logrado buenas ediciones, dos otros nadaístas tuvieron recientemente libros suyos publicados en México – Paños menores, del referido Jotamario Arbeláez, y Tres libros, de Jaime Jaramillo Escobar (Antioquia, 1932) – en 2006, gracias a los esfuerzos editoriales de José Ángel Leyva. Movimiento impensable sin sus escándalos, sobre todo gracias al escenario que enfrenta en Colombia y que tendrá por tarea romperlo, fue fundado por su autodenominado profeta Gonzalo Arango (1931-1976), habiendo dejado diversos y polémicos manifiestos, dos números de una revista que llega a circular casi diez años después de su fundación, infinitos papeles dispersos, recuerdos de intervenciones, lecturas públicas etc. El libro ahora organizado por Armando Romero tiene entre sus aportes más valiosos el carácter documental. Sobre su preparación, así como sobre el movimiento en sí, tratamos aquí de conversar con Romero, pero antes reproduzco palabras suyas en el texto con que abre esta preciosa Antología del Nadaísmo:

¿Fue y es el Nadaísmo un movimiento revolucionario? Sí y no, podemos responder, sin temor a errar la respuesta, debido a que el Nadaísmo incluye en su mismo núcleo revolución y reacción. Si esto es así, y es más, si consideramos como antes he dejado claro que el Nadaísmo no es esencialmente una escuela o movimiento literario, entonces mi demanda de acción polémica no es válida, ya que no hay derecho a pedirle al Nadaísmo la responsabilidad de vigilar la buena salud de la literatura en Colombia. Por eso el Nadaísmo es lo que es cuando está contra sí mismo, cuando siendo deja de ser. Quizás por esto la abuela de Jotamario le dijo una vez al poeta: “Si el Nadaísmo fuera algo bueno, ya lo habrían inventado en mi tiempo”.

Ahora vamos a la entrevista. [FM]

FM ¿Cuáles son las preguntas y cuáles las respuestas encontradas por el Nadaísmo en lo que respecta a los problemas enfrentados por la sociedad colombiana en los años 50?

AR La pregunta capital del Nadaísmo fue y es ¿por qué? ¿Por qué Colombia es tan especial en el cultivo de una violencia que no tiene parangón en América Latina? Y esa pregunta no ha encontrado respuesta, incluso hoy en día, ya que el Nadaísmo, como hecho histórico, es una respuesta violenta a esta pregunta, lo cual enreda todos los hilos, y así nadie puede salir del laberinto. Sin embargo, paradójicamente, el Nadaísmo fue una depuración literaria para el país, ayudó a darle la última estocada a los rumiantes del modernismo, al romanticismo mortuorio, a los piedracielistas de verso puro y ramplón, a la inteligencia conformista. Sin embargo el  nadaísmo no fue necesariamente un hecho literario, es más bien un movimiento social. Y si se lo quiere analizar como grupo es necesario hacer una combinación de historia y filosofía, porque su enfrentamiento contra el aparato cultural colombiano es más filosófico y vital que literario.

FM En su Primer Manifiesto el Nadaísmo se define como “una revolución en la forma y en el contenido del orden espiritual imperante en Colombia”. ¿Qué se podría afirmar hoy en relación al orden estético?

AR He aquí uno de los puntos básicos de interpretación y análisis del nadaísmo. Vuelvo a repetir lo que decía en la pregunta anterior, el nadaísmo no fue un movimiento literario o artístico en sí, como lo fueron las vanguardias en otras partes de América Latina. No hay un programa literario nadaísta. Hay sí un afán de ruptura, pero cada poeta o escritor puede tomar el camino que piense le corresponde. Lo único que une a los nadaístas es el humor. En una reseña reciente a mi libroAntología del nadaísmo, publicada en El País de Madrid, Babelia, el crítico Edgardo Dobry dice: “A diferencia de otros ismos americanos que apenas fueron más allá que su acta fundacional, la obra de los nadaístas brilla hoy con gozosa intensidad. Por el rico, sutil humor que lo anima; por esa capacidad de volver dócil la lengua y su fijación, a la vez aguda y despojada de toda solemnidad. Una actitud que no parece haber tenido descendencia, ni en su país ni en todo el ámbito de la lengua.”
La crítica poética colombiana en general, que con algunas excepciones es muy ligera, repetitiva y malintencionada, ha decidido hacer de los nadaístas un grupo compacto, en donde sólo se destaca un poeta: Jaime Jaramillo Escobar. Quien es por cierto un gran poeta. Este es un tremendo error de análisis y de visión. Error que está basado en la manipulación de la crítica en función de intereses particulares para poder diseñar una historia de la poesía colombiana a su antojo. Y lo peor es que los jóvenes poetas se han tragado el cuento, y no frecuentan los libros, las fuentes. Los poetas nadaístas, como se puede ver claramente en mi Antología del nadaísmo tienen estéticas y direcciones poéticas completamente particulares, y compararlos es ridículo. ¿Hicieron esto los críticos norteamericanos con los beatniks? No, porque la crítica literaria en los Estados Unidos es independiente de los grupos literarios, de las promociones poéticas constituidas o emergentes. El Nadaísmo, como están haciendo ahora en Europa y en Estados Unidos los críticos, debe verse con poetas aislados, representantes cada uno de ellos de una estética particular.

FM ¿Podrías ampliar más este tema?

AR Sí, permíteme terminar entonces con la idea anterior. Algo en lo que no han reflexionado los críticos colombianos, que son más bien comentaristas de poesía, es que si se tratara de estéticas entonces habría que incluir como nadaístas a muchos poetas que no lo fueron y que empezaron a escribir en la década del 60, valga el caso de Juan Manuel Roca, Elkin Restrepo, Juan G. Cobo Borda, María Mercedes Carranza, poetas estos cuyas estéticas coinciden con algunos de los poetas nadaístas. Y en cuanto a posición vital, hoy en día demuestran seguir el primer camino del Nadaísmo escritores como Fernando Vallejo o Harold Alvarado, que no son simpatizantes de este movimiento. Un caso interesante es el de Mario Rivero, quien se hizo conocer en Colombia gracias al Nadaísmo, y fue uno de los poetas incluidos por Gonzalo Arango en la primera antología nadaísta, Trece poetas nadaístas (1963).
Ahora bien, otra cosa que hay que desmentir, es la creencia popular de que los nadaístas eran unos parias rechazados por los poetas que los precedieron. Los poetas agrupados en torno a la revista Mito prestaron mucha atención a los nadaístas, principalmente Jorge Gaitán Durán. Así mismo, Fernando Arbeláez, Álvaro Mutis, Fernando Charry Lara, Rogelio Echavarría vieron con mucho aprecio la obra de algunos de los poetas nadaístas.

FM Pero si pensamos como poetas aislados, ¿es posible tratar aquí de aportes estéticos a la lírica colombiana?

AR Sí, y esto es muy importante. En algunos intentos de historia de la poesía colombiana se señala a Mario Rivero como el poeta urbano por excelencia. Esto se debe ver desde un ángulo más crítico. En primer lugar, Rogelio Echavarría es ya un consumado poeta urbano cuando Rivero empieza a publicar sus poemas. Si se analiza la obra de Gonzalo Arango y de Eduardo Escobar, que surge al momento de la de Rivero, vemos una gran relación estética entre todos ellos. Prácticamente van por el mismo camino de una poesía que busca en lo simple, en lo cotidiano, en lo claro,  la cara del ser de todos los días, con sus cargas afectivas y sentimentales. Pero Amilkar Osorio, Jaime Espinel y Alberto Escobar difieren substancialmente de ellos, y se lanzan con una poesía que preludia el neo-barroco actual, de corte oscuro y hermético. Jaime Jaramillo, con sus poemas versiculares, combina un hacer poético donde lo popular colombiano se hermana con el acento bíblico, lautremoniano, de poetas como Supervielle, Claudel o Michaux, entre otros. Y no todos los nadaístas son poetas de corte surrealista, tal vez Jotamario, Darío Lemos y yo somos los más cercanos a esta filiación literaria. Jotamario es un poeta coloquial, conversacional, con poemas cercanos a los de algunos de los beatniks o a la primera buena poesía de Cardenal. Y al fondo, una devoción por la experimentación vanguardista de Huidobro o la prédica de Paz.

FM ¿Cómo se relacionaban los integrantes del Nadaísmo con los demás movimientos que se destacaran en los años 60 en nuestro Continente?

AR El Nadaísmo influyó decisivamente en los demás movimientos latinoamericanos, así en el
Techo de la ballena de Venezuela, en los Tzántzicos de Ecuador, en los abanderados de Los Huevos del Plata en Uruguay etc. Este papel tutelar se le ha negado también al Nadaísmo en Colombia. Debes comprender, Floriano, que la generación que sucede al Nadaísmo, comandada desde Bogotá por Darío Jaramillo, María Mercedes Carranza y Cobo Borda, poetas que se beneficiaron ampliamente de la rebelión nadaísta, tiene un propósito común y es desbancar al Nadaísmo de su posición en la literatura colombiana como movimiento de ruptura. Estas son luchas que tienen más que ver con la política literaria colombiana que con la apertura para nuevos caminos estéticos. Te digo esto porque estos poetas no difieren en mucho de los poetas nadaístas que los preceden. La única diferencia es que la posición literaria de ellos es más conservadora, más apegada a la tradición colombiana, pero a una tradición que ellos se encargan de diseñar a su gusto, así el libroLa tradición de la pobreza, de Cobo Borda (1980).

FM Son ambientes y posturas dañinas que lastimosamente no están restringidas a Colombia. Es increíble el tiempo que uno gasta en su vida de investigador conciente, en su vida de intelectual honesto, para hacer las correcciones a los errores intencionales en la historia de nuestras literaturas. En este sentido, es importante la presencia de tu libro, así como de tus aclaraciones a través de ensayos, artículos, entrevistas. Imagino que los demás nadaístas vivos también rechacen en público esas cosas. ¿Es así?

AR No, sólo a nivel privado. Lastimosamente soy uno de los pocos que ha reflexionado críticamente sobre la situación del nadaísmo como literatura. Aunque tal vez soy injusto, y debo reconocer que Jotamario también  se ha preocupado por esto, pero su insistencia no es lo suficientemente combativa para disipar los malentendidos.
Pero en general, los nadaístas prestan poca atención a este acontecer porque están sumergidos en su propio trabajo y cuando miran a su alrededor no pueden descifrar, o no les interesa hacerlo, los códigos de análisis e interpretación de la literatura colombiana, y menos de la latinoamericana. Recuerda que ninguno de ellos tuvo una educación universitaria alta, que son producto del hacerse en la calle, en la aventura de los libros que llegaban a la provincia colombiana. Esto no es para nada negativo, muy por lo contrario les otorga una gran soltura en el hacer poético, pero no privilegia el análisis riguroso. En una entrevista reciente el poeta Jaime Jaramillo Escobar, quien de seguro está cansado de ser colocado como el único poeta de valor en el Nadaísmo, le dijo al entrevistador que él no estaba arrepentido de sus años en el Nadaísmo y que seguía siendo nadaísta. Esta respuesta te puede indicar bien que, dado el reconocimiento que se le ha dado a su obra, muchos quisieran que él abjurara del Nadaísmo.

FM ¿Olvidamos algo, tu caso particular como poeta y escritor?

   AR Te puedo decir que yo soy un hombre más de afuera que de adentro de Colombia. Me fui del país cuando tenía prácticamente 23 años y ya nunca regresé a vivir allí. Mi participación activa con el Nadaísmo duró sólo unos pocos años, los de mi adolescencia y primera juventud. Casi toda mi obra se ha escrito en el exterior. Yo me siento bastante independiente, estéticamente, de muchos elementos de la poesía colombiana. Y aunque tengo un gran respeto por los poetas colombianos, algunos de ellos mis amigos entrañables, no me siento un gran deudor de la tradición poética colombiana, o por lo menos, no más que lo que sería de la tradición poética americana o europea.

[2006]

NOTA
Entrevista originalmente publicada em Agulha Revista de Cultura # 55 - Janeiro de 2007. Armando Romero nasceu em Cali, Colômbia, em 1944. É poeta, ensaísta e prosador. Foi um dos integrantes do movimento Nadaísta. É um intenso apaixonado pelas viagens, o que o levou a viver em países como México, Venezuela, Grécia e Estados Unidos. Publicou os seguintes livros de poesia: Los móviles del sueño (1976), El poeta de vidrio (1976), Del aire a la mano (1983), Las combinaciones debidas (1989), A rienda suelta (1991), Hagion Oros-El Monte Santo (2001), Cuatro líneas (2002), y De noche el sol (2004). Em 2005 se publica A vista del tiempo  (antología poética 1961-2004). Entre seus livros de ensaios, destacam-se Las palabras están en situación (1985), yEl Nadaísmo o la búsqueda de una vanguardia (1988).

ARMANDO ROMERO | Sobre surrealismo



FM | O tema do Surrealismo me parece que ainda contém um sem-número de perspectivas por explorar. Uma delas, por exemplo, é a que diz respeito à compreensão que artistas e intelectuais têm acerca da realidade cotidiana, as forças que movem nossa vida. Recordemos Breton ao dizer em um discurso em 1922 que desejava tanto – até então, pelo menos – uma revolução sangrenta, como se fosse esta a maneira com que poderíamos nos libertar de toda forma de opressão. Porém o que se passa é que o controle da revolução implica uma nova forma de opressão, e melhor o havia compreendido René Daumal, ao dizer que em toda sociedade o povo é o que mais compreende a dialética, porque não a observa de uma perspectiva intelectual, mas sim que a vive intensamente. Não quero aqui me referir unicamente ao erro da aproximação do Surrealismo com o comunismo, mas sim tocar em um ponto que me parece ter um alto grau de equívoco e de permanente recorrência entre os artistas de todas as partes – aqui já não importa sejam surrealistas ou não –, que é o abismo que poucos conseguem evitar entre a realidade concreta e sua idealização. O Surrealismo, justamente por haver proposto uma subversão na leitura do tema, seguramente poderia ter dado uma contribuição maior ao mesmo, o que acabou não ocorrendo. O que achas de começarmos este nosso diálogo por aqui, falando das coisas cotidianas que entraram na poesia e na plástica surrealista, porém que não conseguiram de todo entrar na dimensão humana, no caráter da maior parte dos artistas e poetas do Surrealismo? Há em tudo isso uma contradição, ou é natural que assim ocorra entre criadores e vida real?

AR | O mais terrível desta contradição é que a observamos hoje mesmo entre os intelectuais, sejam poetas ou artistas plásticos, que preconizam uma ideia de estabelecimento de repúblicas socialistas ou revolucionárias, onde o que se esperaria é uma ampla liberdade, porém onde o que se consegue é silêncio diante do poder e da repressão. Agora, se tratamos do Surrealismo, não creio que os problemas surjam dos Manifestos ou das proposições de Breton e seus amigos, mas sim da prática surrealista, onde a liderança passou a ser mais importante que o pensamento. Então o problema é a desobediência, porém não às leias caducas da sociedade como se queria, mas sim às ideias de mudar a vida, mudar o mundo. Foram bem poucos os poetas surrealistas que conseguiram mudar a vida no sentido estrito da palavra. Artaud, Daumal, Desnos…? Embora eu creia que não é necessário chegar à loucura ou à mística ou ao sonho hipnótico, para encontrar uma mudança na vida. Essa mudança, essa transformação, também pode ser encontrada na vida de todos os dias, de modo a não cair nas mentiras de qualquer tipo de sociedade que não esteja baseada no amor, na liberdade e na poesia. E essa é ainda a ilusão de uma realidade outra, que não temos frente a frente. Por isso, aqueles poetas que queremos nos subtrair dessas sociedades marcadas por qualquer tipo de poder, seja de esquerda ou direita, vivemos o eterno exílio em nosso mundo interior, onde o sonho se realiza dando vida e carne a nossos fantasmas, compondo paisagens onde prima o amor louco, e onde a relação com o mundo se faz através de vasos comunicantes, no alto nível da vida. Creio que às torres de guerra e poder, há que opor as torres de marfim, ou a catacumba, como queria o próprio Breton. A liberdade nos cai bem por dentro, já que por fora prima apenas a submissão.

FM | Porém a liberdade há mesmo que arranca-la de dentro, desentranha-la como se fosse o melhor de cada um de nós, poetas ou não, isto não importa, porque o limite entre a liberdade e a submissão não pode ser dado pela criação artística. Um poema não pode garantir um mundo melhor para ninguém, nem mesmo para quem o escreve. A liberdade como “um nascimento perpétuo do espírito”, como queria Paul Éluard, sim, mas que se realize como tal, que seja algo além de simples liberdade de expressão ou exaltação retórica. O que se passou com o Surrealismo, no pior, é que tocou em muitas feridas, todas fundamentais para o desenvolvimento de um novo homem, porém não as conseguiu abrir com a veemência necessária, com um grau mais intenso de atuação, fazendo-as sangrar sem restrições, destroçando inclusive seus pudores mais cotidianos, que fizeram com que muitos não fossem além de uma fantasia da liberdade. É por isso que se deve voltar sempre à importância daqueles que trataram de brigar mais febrilmente com os temas da loucura, da hipnose e da mística, como mencionas acima. São categorias fundamentais que foram tratadas com essa força mágica de fundir vida e obra em casos como os de Ghérasim Luca, Georges Bataille, e o que bem recordas: Desnos, Daumal, Artaud. E assim em outras categorias, como o humor negro, a histeria, as doutrinas herméticas, o amor louco, o maravilhoso, onde podemos localizar muitos poetas e artistas importantes, o que nos estimula a pensar sobre as razões de certo fracasso do Surrealismo em termos dessa mesma relação proposta como ponto central do movimento, a relação não de todo impossível entre vida e obra. O conceito de liberdade é o melhor ardil para desvelar a hipocrisia de uma sociedade. O próprio Surrealismo não escapou desse ardil, sobretudo quando estavam em jogo os postulados morais do movimento. Se retornarmos à fonte primogênita, às três pedras básicas – poesia, amor e liberdade – já veremos que a última foi, do ponto de vista moral, sempre condicional, uma teoria com restrições práticas de toda ordem. Aqui poderíamos enumerar casos os mais abjetos tratados diretamente por Breton com respeito às opções sexuais ou ao comportamento social. Porém não há que questionar o Surrealismo isoladamente por isso, não passando de má-fé as suspeitas ou rejeições de seus críticos que lhe negam importância tomando por base tais aspectos. Há dentro do Surrealismo muitos artistas e poetas que não incorreram nessas falhas, ao mesmo tempo em que a história da criação artística está repleta de casos os mais lastimáveis de hipocrisia. A verdade é que jamais se soube dizer qual função deve atender um poeta na sociedade em que lhe toca viver. Quando abrimos ao acaso as páginas de um livro o que nos soa melhor ao espírito são os versos que ali se encontram, e mudam as preferências de um leitor para outro, sendo o grau de sensibilidade de cada um o que determina qual a melhor imagem, o melhor poema. A biografia do autor segue importando mais à promiscuidade do mercado. Os maus versos amorosos de Paul Éluard seguem fazendo sucesso e sem depender das contradições de seu caráter, assim como as descobertas de tantos equívocos nas traduções dos textos bíblicos não afetam a fé de um só católico em todo o mundo. Porém em verdade a sinceridade é um atributo considerável, a gente acredita na sinceridade como a pedra indispensável para que se mova sua vida. Se a religião, a política e o mercado trataram de envenenar seu ninho sagrado, a sinceridade não poderia perder seu referencial na arte, o que deixaria o mundo sem resposta, ou pior, nas mãos de suas bússolas falsificadas, seus maus profetas. Por isso segue sendo fundamental retornar ao tema, recordando a força que lhe deu o Surrealismo, sua percepção de que “o que qualifica a obra surrealista é o espírito em que ela foi concebida”, essa crença incondicional na sinceridade do criador, retornar sempre ao tema como quem busca as pistas para o fracasso da espécie humana. Sim, pois não se trata de um fracasso do Surrealismo.

AR | É bem interessante que tenhamos começado este nosso diálogo informal sobre o Surrealismo apontando algumas falhas de seus fazeres e afazeres. Como bem dizes, as falhas estão mais na forma como alguns dos poetas e pintores interpretaram sua liberdade criadora e vital, por vezes prescindindo de certos ditados que os identificavam como surrealistas. Porém essas falhas, que, como vimos, começam pela cabeça de Breton, não podem servir para qualificar ou desqualificar todo um movimento, que marcou com seu selo maior todas as vanguardas no século XX. Daí a sua grandeza e perpetuidade.
Agora, se refletimos acerca de Dada, ou seja, se é possível refletir sobre algo que nos exige a não-reflexão para sua compreensão, ou apreensão, vemos que Tzara e seus amigos de Zurique queriam atirar a última pedra e, certamente, a atiraram. Porém o fizeram tão longe que ainda hoje não podemos saber onde caiu. Muito pelo contrário, embora atirasse pedras o Surrealismo o fazia em relação a objetivos mais próximos, que não estavam mais distantes do que a casa do vizinho de Breton, o Café de Flore ou um bar em Montparnasse. E é por isso que ainda está conosco, não importa suas metamorfoses, das quais seria bom falássemos depois. Porque essas pedras, dirigidas contra uma sociedade marcada pelos desperdícios da lógica e da razão, que haviam levado o pensamento ocidental aos despropósitos econômicos da burguesia ou ao horror aspergido pela guerra, caem precisamente no alvo dos olhos dos europeus de começos do século passado. Mais adiante começarão a repercutir em nossas sociedades latino-americanas, quando estas deixam de ser sociedades semifeudais para dar início a seu lento processo de industrialização. Daí seu valor até os dias de hoje.
Porém se retomamos as críticas ao Surrealismo, vemos que seres tão distantes, poética e intelectualmente, como Ezra Pound e Pablo Neruda, coincidem em criar para o Surrealismo uma atmosfera de covardia, de poetas com espartilhos como senhoritas finas ou de fugitivos de uma realidade que eles querem encontrar como fonte iniludível para a poesia. Podemos ver que os problemas de crítica ao Surrealismo se entrecruzam entre os que defendiam uma realidade que necessitava modificar-se sem mudar totalmente, ver a si mesma com olhos lúcidos sem que fossem alucinados, e os que não entendiam a resistência das metáforas surrealistas para retirá-los das gavetas onde lhes haviam metido Descartes e seus amigos de pensamento lógico e racional. Recordo que um amigo poeta, muito dentro da corrente da poesia como razão e pensamento, um dia me disse que gostava muito de como eu havia terminado um de meus poemas em prosa, e queria saber como eu havia feito para chegar a esse verso final. Eu lhe disse que havia sido uma criação automática, que a verdade é que não havia pensado, mas sim que assim havia saído, sem muito esforço. Decepcionado, meu amigo poeta me disse que agora, ao conhecer sua estranha origem, esse verso havia perdido todo valor para ele.

FM | Há um tema fundamental que aqui tratas de evocar que é justamente o das metamorfoses, de tão preciosa riqueza que em alguns casos tais mudanças não estiveram ao alcance da sensibilidade de Breton, por exemplo. Porém não falo aqui de modo negativo, como uma crítica, mas sim pensando em singularidades que se manifestaram em distintos tons, saltando de matrizes diversas, a caminho de formas baseadas na mescla, na relação amorosa de ampla entrega ao outro, e na mestiçagem. Assim mesmo, com a presença da indústria e do mercado, a arte de maior consistência não se deixou abater, jamais perdeu força diante dos ardis do sucesso ou do prestígio oficial. Na plástica, as possibilidades de trabalho e afirmação estética se ampliaram de tal maneira que técnicas e estilos souberam criar um ambiente valioso de realizações, de que são exemplos as capas de disco e a cenografia cinematográfica. O mesmo se pode verificar na arte pop, nos grafites e instalações. Na literatura, a presença da prosa poética como que permitiu a busca de outras linguagens, seja a crônica policial, o teatro, os relatos mediúnicos, a ficção científica etc. A simbiose entre essas variadas pedras de toque é o que passa a valorar a importância de uma arte outra que naturalmente pode voltar a decepcionar pela exasperação formal, em muitos casos pela obsessão de representar algo novo a cada letra, a cada forma. Já não importa que seja surrealista ou não a base desse equívoco. O tema é da mesma ordem daquele que motivou teu amigo poeta a desiludir-se ao descobrir que não tinhas domínio total sobre a criação de um poema. A nota triste, que torna atual e sempre necessário o Surrealismo, é a repetida perda de confiança do homem em si mesmo, a falta de clarividência permanente que nos guie pelo interior de nossos sonhos, desejos, recordações. A consciência, igual à novidade, está em outro lugar. Há que regressar sempre ao território da unidade rítmica, a unidade mágica que nos põe em contato ulterior com todas as forças da existência humana. E não se pode chegar a esse ponto de floração ígnea como se fosse um alvo, ou iludido de que se pode vir a ter domínio sobre ele. O domínio de técnicas não deve ser confundido com o domínio da criação. Há quase um século o Surrealismo repete tais preceitos, renova o cuidado que devemos ter ante os vícios mais precários da arte. No caso de nosso continente, há particularidades que exigem cuidado maior ao tratar delas. Porém o que importa é que tenhamos em conta a necessidade de aclarar certos pontos neste encontro, para ir definindo desde já alguns tópicos iniciais, que mantenham relação direta com o Surrealismo e nossa experiência poética. Creio que é necessário ir ao princípio de tudo, começando pela atração inicial que exerceu sobre nós o Surrealismo e o que descobrimos em seu caixote de maravilhas.

AR | Já não sei com certeza se chegamos ao Surrealismo ou se é este que chega até nós em um dia qualquer, quando menos o esperamos. Eu creio que estava sentado em minha casa no Bairro Operário de Cali, há muito tempo, quando de improviso apareceu essa luz montada no quadro de um poema de Prévert, que falava de um desjejum banhado em amor, e que vinha como apêndice de meu livro de estudo de francês. Desde então a poesia surrealista se apoderou de minha casa, se meteu pelos corredores, tirou o gato de seu esconderijo, espantou as formigas, e ali segue trepada no abobadado, graças à escada de um velho maravilhoso a quem chamávamos Don Pacho. Então para pior, quando acreditei que me salvariam os poemas de amor de Neruda, ou os cavalos verdes de Lorca, se desencadeou sobre toda a cidade o torrencial Pellegrini, e em seguida tudo foi inundação. Já não havia cães, mas sim “licantropos”, os peixes na mesa eram “solúveis”, os poetas todos eram “poetas negros”, qualquer dor de dentes era “a capital da dor”, as navalhas eram “as armas milagrosas”, no cemitério todos os cadáveres eram “deliciosos”, e “tanto sonhei contigo”, que as potenciais namoradinhas saíram correndo, fugindo aterrorizadas da “união livre”. Não havia remédio, eu era um poeta surrealista, e pela primeira vez se justificava que amiúde não trocasse as meias.

FM | O mais provável, em meu caso, é que a porta do Surrealismo foi, mais do que aberta, rompida pelo Marquês de Sade, que me visitou no princípio da adolescência com seus 120 dias de Sodoma, livro que de imediato se converteu em minha caixa de Pandora de infinitos pecados, aqueles apenas pensados e também os realizados. Foi com Sade que dialoguei acerca dos conflitos de desejo, a exasperação do sexo, os transbordamentos eróticos que se poderia chamar de criminais tomando por base nossas sociedades e seu fulgor da hipocrisia. Assim é que entro no Surrealismo pela janela do erotismo, um erotismo que se mescla às minhas leituras de teatro e romance, muito mais do que de poesia. É que na biblioteca da casa de meus pais os únicos livros de poesia eram o Paraíso perdido de Milton e o volume dos sonetos de Shakespeare. Paul Éluard foi o primeiro poeta surrealista que li, quando tinha já como 16 anos, logo seguido de O poeta em Nova York de García Lorca, as residências nerudianas e o brasileiro Murilo Mendes, este último relutantemente considerado surrealista por sua declarada busca de uma poesia em Cristo. Porém na verdade era uma poesia repleta de metamorfoses, de imagens dotadas de uma força de transformação tal que me apaixonaram. Em princípio dos anos 1980 é que aprendo a ler em espanhol e logo os deuses me presenteiam a antologia do Surrealismo em língua francesa organizada e traduzida por Aldo Pellegrini, que provocou em mim uma verdadeira revolução, sobretudo porque ali conheci poetas como René Daumal, René Char, Malcolm de Chazal, César Moro, Hans Arp (cuja obra plástica já então me encantava)… E o estudo introdutório de Pellegrini, com suas luzes sobre os aspectos essenciais do Surrealismo, foi peça fundamental a desafiar-me a buscar mais e mais a convivência com a poesia e uma melhor percepção da plástica. Tudo era como uma confirmação de muito que já havia lido ou intuído em Sade, de tal maneira que um mundo novo começava a desvelar-se com forte presença em minha vida, o que em seguida foi enriquecido com os romances e ensaios de Bataille. Era a filosofia entranhável dos postulados do Surrealismo o que eu tratava de descobrir e que me havia mudado toda a maneira de ver as coisas.

AR | Eu creio que poderíamos dividir a poesia latino-americana a partir dos anos 1960 entre os que leram a antologia surrealista de Pellegrini e os que não. Isto nos irmana, tanto como o amor pelas palavras e seus frutos como imagens. Sem Pellegrini não estaríamos construindo este diálogo. Os jogos vitais que movem este livro. Porque o Surrealismo nos permitiu aprender a sonhar em cores estando despertos, a fechar portas ao campo de golfe e dar com a bola na cara do burguês. Assim é que galopando nessas imagens, pleno de metáforas nas escavações da inconsciência e do descomedimento, eu me aproximei dos endemoninhados poetas que em Cali haviam fundado o Nadaísmo e nessa aprendizagem de bruxos passei meus primeiros anos golpeando a porta dos jornais com meus versos empedrados. Porém o Surrealismo não era apenas palavras, mas também aventura vital. Então, desafiando a imobilidade de meus amigos nadaístas, que somente se atreviam a ir de cidade em cidade colombiana, como monges missioneiros, me espalhei por grande parte da América Latina. E graças ao golpe dessa realidade triste, alucinante e espetacular de nossos países, onde as nuvens faziam amor com Michaux em Quito, as holotúrias de Moro passeavam pela Praça de São Marcos em Lima, os anjos de Rosamel del Valle caíam aos pedaços dentro dos quadros de Matta no Chile, os animais de hábito de Juan Sánchez Peláez assaltavam os objetos mágicos de Mario Abreu na Venezuela, comprovei que o Surrealismo havia descido do espírito europeu não para desafiar Descartes, mas sim para nos incorporar na realidade ocidental, conseguindo com sua luz iluminar o que somos, o que nos tem construído, o que nos alimenta. Por isso a poesia latino-americana, voz de nossa gente, não pode desprender-se desse tufo surrealista que a embriaga, que a torna própria, inclusive entre os que difamam o Surrealismo porque acreditam conhece-lo sem senti-lo, porém que de uma maneira ou de outra o levam dentro de si. É nossa marca de fábrica.

FM | Há duas antologias de Pellegrini, porém seguramente falas da antologia do Surrealismo publicada originalmente em Buenos Aires, 1961. A outra é a Antología de la poesía viva latinoamericana, de publicação bem anterior, Barcelona, 1966. Ambas são fundamentais. Trazer à América Latina a poesia surrealista de língua francesa, ao mesmo tempo em que levar à Espanha a nova poesia latino-americana, é obra de um grande estrategista. Foi pioneiro nos dois sentidos. Na Espanha, um crítico como Jorge Rodríguez Padrón soube reconhecer a força da poesia hispano-americana, e Pellegrini acertou no alvo em muitos nomes que ali estão, em seu livro, e que hoje confirmam a condição de uma poesia que criou sua própria tradição. É muito boa experiência mesclar os nomes nas duas antologias – César Moro, por sua condição bilíngue, é o único que se encontra nos dois livros –, buscar diálogos possíveis entre Enrique Molina, Olga Orozco, Jaime Sáenz, Jorge Gaitán Durán, Álvaro Mutis, José Lezama Lima, Bráulio Arenas, Enrique Lihn, Pablo Antonio Cuadra, Marco Antonio Montes de Oca, Jorge Eduardo Eielson, Juan Sánchez Peláez – entre os hispano-americanos – e Hans Arp, Antonin Artaud, René Char, Robert Desnos, Joyce Mansour, Jacques Prévert, André Breton, René Daumal, Georges Schehadé – entre os europeus. Por aí se pode adentrar um labirinto de pontes invisíveis, inclusive com leituras singulares e distintas do espírito e da letra surrealista. Certamente que não se trata da América Latina, mas sim da América Hispânica, pois nesse jardim os caminhos não se bifurcam, ou seja, há demasiado barulho (o barulho intrigante do silêncio) na comunicação da poesia hispano-americana com a poesia de línguas portuguesa e francesa em nosso continente. O Brasil e a parte francesa do Caribe e do Canadá são como ilhas de fumaça no mesmo continente. O próprio Pellegrini publica, em sua antologia de poesia surrealista de língua francesa, latino-americanos como Magloire Saint-Aude, Roland Giguère e Aimé Césaire, que bem poderiam estar presentes na outra antologia, de poetas vivos latino-americanos. E não há neste livro um único poeta brasileiro, embora afirme em seu prólogo que “Brasil e América Hispânica compartilham os mesmos problemas e utilizam um idioma acessível para qualquer uma das partes”. Esta é uma argumentação de conveniência, bem o sabemos, sempre utilizada, a favor ou contra, de acordo com o grau de interesse em nos aproximarmos ou afastarmos entre nós. É curioso que Pellegrini, já no prólogo da antologia do Surrealismo, fale que “a arte só se compreende em função do homem em sua acepção mais ampla, da unidade do homem que necessita realizar-se como homem”. Bem, não se equivoca, porém é outra a realidade desse homem em nossos países, ou seja, essa concepção filosófica nós não a temos. Hoje ainda menos, considerando que muitos fatores tratam de afastar, quase em definitivo, o homem de si mesmo. Os dois livros de Pellegrini não foram conhecidos no Brasil quando de sua publicação. É possível que até hoje sejam dois livros muito pouco conhecidos entre poetas brasileiros. Nós dois, Armando, nos irmanamos por outras razões, não por nossa condição latino-americana de brasileiro e colombiano. Mas estás certo de que sem Pellegrini não estaríamos construindo este diálogo. Porém o estamos nós, jamais a tradição lírica de nossos países.

AR | O Surrealismo é a boca aberta da América Latina. Ali entra tudo, desde os alimentos terrestres até as moscas da retórica. Compreendo tua frustração quando vês o fluxo conservador que se impôs entre nossos jovens poetas. Muitos estão escrevendo hoje, em princípios do século XXI, com a preceptiva dos anos 1930, no século XX, especialmente entre os hispânicos. É como se Blaise Cendrars ou Apollinaire tivessem se refugiado em Alfred de Musset. Ao tomar o Surrealismo pelos galhos de sua filiação com o inconsciente, nossos poetas descuidam de todo o leque de buscas e encontros que vêm em seus postulados de máxima liberdade vital e verbal. Esquecem que o Surrealismo já se encontra de fato no sangue da poesia, e que não é um corante para mijar em technicolor. No entanto, é certo que alguns estamos mais próximos da atmosfera surrealista que outros. No Nadaísmo foi assim, nem todos os poetas deste movimento comungaram diretamente com o Surrealismo, embora sua presença possa ser notada se vamos ao fundo de sua obra. No caso de Jaime Jaramillo Escobar sua obra primeira dialoga com o Conde de Lautréamont e com Rimbaud, e sua obra posterior busca esse estalo da palavra que vemos em Césaire.
Para mim o amor e a proximidade ao Surrealismo implicam também uma libertação de sua retórica. Porque creio que a realidade surrealista está muito além dos postulados ortodoxos de Breton ou de Péret, e não quero cair também no mesmo ardil de fazer do Surrealismo um movimento conservador, o que nos levaria uma vez mais a essa posição que critico em alguns dos poetas atuais. Mais ainda, muitos dos poetas que para alguns levam a bandeira do conservador estão próximos da metáfora aberta do Surrealismo, longe do alvoroço dos “poetas puros”. Sei que assim estamos nos apresentando para uma grande polêmica, porém, mesmo que eu estivesse errado, creio que fazê-la seria muito saudável para a América Latina.

[2010]

NOTA
Armando Romero (Colômbia, 1944). Poeta, ensaísta e narrador. Autor de Un día entre las cruces (1995), La piel por la piel (1997) e Lenguas de Juego – Divertimentos sobre temas conocidos (1998). A partir de nosso encontro em Cincinnati (Ohio, Estados Unidos), no inverno de 2010, começamos a preparar este diálogo guiados pelo desejo de armar um livro a partir de nossa vivência surrealista. Este é seu capítulo inicial.