quinta-feira, 14 de agosto de 2014

FRANCISCO PROAÑO | Sobre Pucuna, los tzántzicos y otras vértebras de las vanguardias en Ecuador



FM | Un primer disparo rumbo al final de la historia. ¿Qué ha determinado el fin de la revista Pucuna? Con ella, ¿también el grupo se deshace?

FP | Es cierto, la terminación de Pucuna, hacia 1968, coincide con la disgregación del movimiento tzántzico. En mi criterio, confluyen en ello factores políticos y existenciales. Uno de ellos: el cisma chino-soviético que, en el Ecuador, había determinado la división del Partido Comunista entre los aliados de Moscú y los que fueron a militar en el Partido Comunista Marxista-Leninista, de orientación maoísta. Dicha escisión se hizo patente también entre los miembros del grupo.
Por otro lado, como ha sucedido con otras vanguardias en diferentes latitudes, es posible que la etapa insurreccional –que planteaba una profunda transformación en la forma de entender la cultura y el quehacer creativo– había llegado a su límite y cada cual –poetas y narradores– sentía la necesidad de encontrar su propia palabra, aunque no necesariamente se trataba de replegarse a sus particulares cuarteles de invierno. Prueba de esto último es la integración de la mayoría de extzántzicos al Frente Cultural, un esfuerzo por consolidar un movimiento más amplio de intelectuales y artistas comprometidos con un cambio radical en la mentalidad y en la estructura misma de la sociedad ecuatoriana. A la vez, es significativo que el núcleo fundamental de la revista La bufanda del sol (II etapa), en la que aparecería lo más interesante de la nueva literatura ecuatoriana en los años setenta, estuviese conformado básicamente por los poetas, relatistas y ensayistas procedentes del tzantzismo.

FM | Y ahora un salto a las raíces: ¿cuál escenario cultural en Ecuador es el que desafía a la creación de un grupo como los Tzántzicos?

FP | Los primeros años sesenta constituyen en América Latina y en el Ecuador un escenario sin duda problemático y lleno de nuevas perspectivas. En el caso ecuatoriano, y para limitarnos a lo que sucedía en el ámbito cultural, debe señalarse que, para la nueva generación de creadores, el canon social realista, que había dominado literariamente en el país desde los años treinta, ya no satisfacía sus expectativas estéticas y políticas. Se evidenciaba un creciente proceso de urbanización y un fortalecimiento de los sectores medios, al tiempo que el mundo mismo y América Latina en particular experimentaban cambios sustanciales: la Revolución Cubana, la aparición de nuevas vanguardias en varios países del continente y, sobre todo, la consolidación de una nueva literatura latinoamericana, aquella que tenía sus antecedentes más lúcidos en la obra de autores como Juan Carlos Onetti, Alejo Carpentier, Ernesto Sábato, entre los narradores, y en el caso de los poetas, las vertientes procedentes de César Vallejo, Neruda y los vanguardismos de décadas anteriores.
Otro punto crítico estaba representado, tanto por los epígonos del social naturalismo, cuanto por aquellos intelectuales que, en la visión de los creadores más jóvenes, se habían vendido al imperialismo y los intereses de las oligarquías criollas.
Frente a todo ello, la temprana adhesión a un pensamiento crítico que alimentaban la filosofía sartreana, el pensamiento del joven Marx y los postulados revolucionarios de Fanon (Los condenados de la tierra), generaban un sentimiento de rebeldía e insurrección, tanto político, como estético.

FM | Pucuna ha dedicado sus páginas casi exclusivamente a publicar textos del grupo. Es algo ocasional la presencia de extranjeros –Robert Creeley, Margaret Randall, Raquel Jodorowsky, Armando Romero, incluyendo ahí la publicación de uno de los manifiestos de los Nadaistas–. ¿Cómo el grupo se relacionaba con otros movimientos paralelos en todo el continente americano de aquellos días?

FP | Por un lado, creo que Pucuna, fundamentalmente, se concebía como un órgano de combate, destinado a exponer el pensamiento del grupo y los productos estéticos inherentes a ese pensamiento: los manifiestos, su poesía, sus ensayos de índole polémica. No creo que estuviesen cerradas sus páginas a creadores no tzántzicos; pero sin duda, al tratarse de un órgano de batalla, por decirlo así, parece natural que en ella aparezca de un modo prioritario la producción propia de ese grupo insurreccional.
Por otra parte, en el seno mismo del tzantzismo surgió otra revista, La bufanda del sol (I etapa), que dirigimos Ulises Estrella, Alejandro Moreano y yo, que se convirtió en un órgano de vinculación e intermediación con los movimientos afines de otros países: los nadaístas colombianos, los mufados argentinos, el grupo del Techo de la Ballena en Venezuela, la revista El corno emplumado (de México), entre otras, y con muchos creadores latinoamericanos, norteamericanos y de otras latitudes.
Aparte del trabajo cumplido por esta revista literaria, los sesenta fueron unos años de intensa relación personal, no sólo epistolar, sino presencial, puesto que los creadores –poetas, narradores, artistas plásticos– viajaban, aún en condiciones precarias, creando un contexto de solidaridad e intensa interrelación, diría, sin querer abusar del término, existencial.

FM | En el editorial del número 1 se habla de “auténtica revolución”, y en la última edición leemos la necesidad de “señalar en forma definitiva que el único arte válido es el arte revolucionario”. Medio siglo después, dime, ¿qué revolución, en el arte, fue posible a través de la aventura idealista de Pucuna?

FP | Los años sesenta fueron años de profunda expectativa revolucionaria. Hablábamos incluso de que había que cambiar la vida y estábamos alertas a la aparición del hombre nuevo. Nuestros héroes epónimos eran el Ché Guevara y Rimbaud (“cambiar la vida, transformar la sociedad”). Al respecto, si nos referimos a una transformación histórica revolucionaria, que, además, era una ilusión alimentada por el advenimiento en la realidad de la Revolución Cubana, debemos también hablar de una profunda decepción: el cambio que esperábamos no fue posible y el entusiasmo se trocó finalmente en desencanto. Incluso, un narrador cercano al tzantzismo, miembro más tarde de La bufanda del sol (II etapa), Raúl Pérez Torres, convirtió ese estado de ánimo en el tema de una novela: Teoría del desencanto. Al cabo, la vida nos enseñó también que el hombre sigue siendo mitad ángel, mitad demonio, y ésta condición sin duda alimenta con mayor profusión la materia de que se nutre la creación literaria.
Sin embargo, en el plano literario propiamente dicho, no cabe duda que los planteamientos tzántzicos, tanto como los de otros creadores de vanguardia en el país, pusieron las bases para un nuevo modo de escribir más adecuado a los tiempos que corren, al punto de encontrarnos hoy, luego de cuatro décadas, con un corpus narrativo y poético de particular importancia.

FM | El último número publicado, en 1968, señala que en la edición siguiente saldría un reportaje sobre un Congreso Cultural en La Habana. ¿Qué hubo con ese evento y cuál la participación en ello de los integrantes de los Tzántzicos?

FP | De lo que conozco, ningún tzántzico asistió a dicho Congreso, por lo que deduzco que se esperaba (y posiblemente llegó) un reportaje sobre tal evento enviado desde la misma Habana. Esto sucedía en 1968. Un año antes, Ulises Estrella participó en Varadero en un “Encuentro con Rubén Darío” organizado por la UNEAC y fue invitado por la misma entidad al Congreso Cultural de La Habana, al cual, sin embargo, no pudo asistir, ni él ni ningún otro.
Entiendo que el Congreso al que estamos haciendo referencia se producía en un momento especialmente delicado en el ámbito de los intelectuales cubanos y habría sido de sumo interés que en Pucuna, tal como estaba anunciado, se hubiera publicado dicho reportaje. Lamentablemente, Pucuna 10 no salió nunca.

FM | En Pucuna # 2, leemos que “para el hombre de hoy tiene un sentido muy diverso el preguntarse sobre la razón de su existencia. Ya ni la religión ni la pura filosofía le pueden dar la respuesta. Él tiene que responderse observando y viviendo su actual vertiginosidad de mundo.” ¿Qué respuesta ha encontrado el hombre en aquel momento y de qué manera se siente hoy el reflejo de esa búsqueda o encuentro?

FP | Encuentro en esa reflexión, consignada por otra parte en la propia contraportada de ese número –casi como un manifiesto–, una muestra del pensamiento que movía a los militantes tzántzicos en ese momento específico (año 1963): una suerte de transición entre su existencialismo originario –Heidegger, Sartre– y la búsqueda de una praxis revolucionaria que puede dar sentido a su vida. Más abajo, en el mismo texto, se lee: “Para el hombre latinoamericano el descubrimiento del sentido de su existencia parte del afrontar sereno de las realidades inmediatas de reivindicación de su pueblo, que le queman más los ojos que el miedo a la prolongación de la estupidez de Hiroshima”.
Yo aún, en 1963, no me había integrado todavía a la vanguardia tzántzica, por lo que sólo puedo interpretar desde esa perspectiva el pensamiento que subyacía a su accionar poético y político. Puedo señalar, sin embargo, que la pregunta fundamental que late tras las palabras expuestas sigue teniendo vigencia, incluso hoy. Los problemas de entonces, en lugar de superarse, se han profundizado. Nunca como ahora nos afrontamos a las incertidumbres sobre nuestro destino y es verdad: ni la religión ni el solo discurrir filosófico pueden responder a nuestros interrogantes. Tal vez sólo el accionar del hombre en el mundo le puede prestar un precario sentido.
He hecho referencia a la influencia de Heidegger y Sartre en aquellos primeros años sesenta, cuando el clima político e intelectual ecuatoriano incubaba la posibilidad de una insurrección en el plano literario artístico, la que se hizo realidad fundamentalmente con la aparición de los tzántzicos. Quién se convertiría después en uno de los más importantes pensadores latinoamericanos de fines del siglo XX y principios del XXI, lamentablemente fallecido el año pasado, Bolívar Echeverría, vertebra sus primeras preocupaciones filosóficas en ese ámbito quiteño, las que luego profundizará en Berlín y más tarde en México, donde fue profesor de la UNAM y escribió sus principales obras. Echeverría, junto con Luis Corral, otro tzántzico, viaja en 1961 a Alemania a fin de tomar contacto con Heidegger. No lo logra, pero se queda allí como becario de la Universidad Libre de Berlín. Toma contacto con dirigentes de izquierda y teóricos como Rudi Dutschke y Horst Kurnitsky, y desde allí envía artículos que son publicados en Pucuna. En esos artículos se vislumbra ya el pensamiento crítico que caracterizará toda su obra posterior, centrada en una reinterpretación del marxismo basada en una lectura profunda del primer Marx y que le llevará a criticar las desviaciones del llamado “socialismo real” y también el denominado “socialismo del siglo XXI” en estos últimos años.

FM | En toda la existencia de la revista Pucuna, publicaste solamente un cuento, en el último número. Háblame de tu participación en el grupo.

FP | Soy en realidad un tzántzico tardío. Con Alejandro Moreano, hacia fines de 1964, publicamos una revista literaria de muy breve existencia: Z. Ulises Estrella, principal suscitador del grupo tzántzico, se puso en contacto con nosotros y pronto encontramos que teníamos más coincidencias que diferencias. Se inició una etapa de intensa colaboración, reflejada en la revista La bufanda del sol y en otras publicaciones, como, por ejemplo, Indoamérica (revista de pensamiento que dirigían Agustín Cueva y Fernando Tinajero). Yo, entonces, escribía más que nada artículos de carácter polémico, abordando temas atinentes a lo que creíamos debía ser el rumbo de nuestra literatura, la cuestión de la identidad, lo que sucedía en el campo del arte, etc. De manera clandestina, iba yo tratando de encontrar mi propio lenguaje, lo que cuajó en un primer intento, sin duda aún incompleto: el libro Historias de disecadores publicado en 1972. El texto publicado en Pucuna 9 es en realidad, apenas, un ensayo de relato, nada importante.
Lo que sí existía era una gran confluencia de pensamiento y actitudes en la participación dentro de la vida cultural del país, especialmente en Quito –polémicas, las actividades en la Asociación de Escritores y Artistas Jóvenes del Ecuador, de la que fui secretario, etc.–, todo lo cual me llevó finalmente a integrarme al grupo, tomando parte en recitales y otros actos de carácter iconoclasta y provocador, como era fundamentalmente la línea de dichas actividades.

FM | En el texto que escribiste para el libro Los años de la fiebre, preparado por Ulises Estrella en 2005, hablas que “fue una de nuestras equivocaciones sin duda deliberada: la de no reconocer legado alguno a nuestros mayores”. Por supuesto esto no es el carácter de las vanguardias, sino la afirmación de un nuevo tiempo, nueva manera de mirar las cosas, etc. Pero lo que pasó en Ecuador es lo mismo que ha pasado en Brasil en todos sus puntos poco nostálgicos de las vanguardias, o sea, siempre cegamos los ojos al pasado, como si el mundo naciera virgen a partir de nosotros. Fue así con la Semana de Arte Moderno, el Concretismo y todo eso ha creado cierto carácter seudo-iconoclasta de una tradición que cree en sí misma como la negación del tiempo pasado. ¿Cuál la lectura hoy de ese tema?– lo que incluye también mi curiosidad por lo que consideras esencial en la tradición literaria de tu país.

FP | Es muy importante y pertinente tu interrogante, digamos, tu curiosidad. En Ecuador hablamos de tradición y ruptura al momento de conceptuar procesos como el que ocupa la atención de esta charla: el tzantzismo, las vanguardias de los años sesenta. Dijimos en efecto que “no teníamos nada que agradecer a nuestros padres”. Esta proclama tenía que ver con lo que tú señalas: emprender una nueva literatura, desprendida de todo aquello que, de cara a lo que nos planteaban las nuevas realidades de los sesenta, tornaban retóricas y anacrónicas las fórmulas del realismo social naturalista de los años treinta (la generación que nos antecedía). Sin embargo, al mismo tiempo, no podíamos dejar de reconocer lo que implicó la emergencia de la llamada generación del 30 en nuestro devenir histórico cultural. Esa generación dejó de tener los ojos puestos en Europa, como lo habían hecho sus predecesores románticos y modernistas. Tomó de la tremenda realidad social y del contorno geográfico inmediatos sus temas y preocupaciones. Utilizó el lenguaje cotidiano y propio de esa realidad como instrumento literario. Nacionalizó, diríamos, la literatura. Denunció las injusticias. Se solidarizó con los sectores subalternos y quiso ser su portavoz. Ello lo reconocíamos, pero igual nos insurreccionábamos. Tal vez, digo yo, porque si bien la generación del 30 fue revolucionaria en sus contenidos, no lo fue en la forma; su lenguaje siguió signado siempre por el positivismo. Y era necesario subvertir la sintaxis, tal como lo hicieron las vanguardias artísticas en las primeras décadas del siglo XX.
Creo que allí radica el carácter esencial de nuestra insurrección. La necesidad de subvertir la sintaxis positivista, creo, nos volvió injustos frente a lo otro: el carácter profundamente renovador de la generación que nos había antecedido.

FM | Y la tradición literaria ecuatoriana, querido, ¿cuáles los nombres, los temas, los aspectos que más consideras en tu propio juicio estético?

FP | Depende de cómo se la ve desde diversas perspectivas. Si se trata del ensayo, es decir, de una literatura política, cuestionadora, directa, tendríamos que remontarnos a Eugenio Espejo, ensayista y periodista, quien a fines del siglo XVIII puso en discusión el caduco orden colonial y anticipó una nueva conciencia de nación y modernidad. Coetáneamente, también fue importante en ese sentido el historiador Juan de Velasco, autor de la Historia del Reyno de Quito. En el siglo XIX, tenemos a un polígrafo excepcional, por su militancia política liberal y su magistral uso del lenguaje: Juan Montalvo. Esa tradición la retoman en el siglo XX varios pensadores de trascendencia.
En la poesía, la vanguardia de los años veinte rompe con el modernismo tardío que en el Ecuador tuvo por exponentes a unos exquisitos poetas a los que se denominó “los decapitados” y propone tanto una mirada a nuestra realidad propia, la americana, cuanto una sintaxis de carácter antipositivista. Entre los poetas de esta vanguardia se destacan Jorge Carrera Andrade, Gonzalo Escudero, Hugo Mayo, Alfredo Gangotena, y, un poco más tarde: Jorge Enrique Adoum, Efraín Jara Idrobo, César Dávila Andrade, Francisco Granizo. En la narrativa, lo que hemos mencionado: la generación del treinta, insurreccional en sus temas (realismo de denuncia) y tradicional en su lenguaje, aunque sin duda a gran distancia de los románticos que la preceden.
En esta generación, aparece un escritor que se aparta del naturalismo y subvierte la escritura, acercándose a lo que en la literatura rioplatense hacían Roberto Artl o Macedonio Fernández, a la vez que centra su mirada en el fragmentario y laberíntico mundo de la ciudad. Ese escritor se llama Pablo Palacio y quienes buscábamos una nueva manera de escribir en los años sesenta y setenta lo hemos conceptuado como nuestro mayor antecedente.
Tenemos entonces una simbiosis de realismo y vanguardia y una apertura a temas y escenarios más universales: la ciudad, el hombre urbano común, las problemáticas propias de la época que vivimos.

FM | De todas las vanguardias europeas, fue el surrealismo a lograr una presencia más intensa en casi todo el continente, incluso con singularidades de contenido en muchos casos. Pero en Ecuador, fue más fuerte (o declarada) la relación con el Dadá, aunque muy circunscrita a un primero momento, en especial gracias a Hugo Mayo. Es curioso observar aquí un párrafo de un discurso suyo, de 1970, en que recuerda que “como consecuencia de haber implantado en la poética ecuatoriana las tendencias: dadaísta, ultraísta, surrealista, creacionista, muchos años recibí entre los del 25 al 30 la crítica de los ‘Zoilos de Estero’, que pidieron incluso en las páginas de cierta prensa nacional que Hugo Mayo fuera recluido en un manicomio, por tanto atentado contra la estática rubendariana”. Aunque mencione, no hay surrealismo en su poesía, igual que en toda la lírica ecuatoriana. ¿A qué atribuyes esa ausencia de surrealismo en tu país?

FP | Tienes razón: hubo, incluso en los sesenta, más presencia de Dadá que del surrealismo. Y ecos fuertes del ultraísmo, y, finalmente, para la poesía misma, las contradictorias influencias de dos grandes de la lírica hispanoamericana: César Vallejo y Pablo Neruda. Un poeta tzántzico, Humberto Vinueza, dijo alguna vez: “Quiero envallejarme pero me ennerudo”. Creo que fue la política, digo el compromiso político, lo que más pudo gravitar en esa característica: subvertir el lenguaje, sí; no a las dimensiones irreales, no a la libre circunnavegación en el inconsciente.
En mi criterio, hay un equívoco que subyace en el devenir de la literatura ecuatoriana durante el siglo XX: la profunda escisión que experimenta una mayoría de escritores, confrontados, en el terreno de su propia conciencia, entre la aspiración a hacer del texto poético un arma de transformación revolucionaria y la tendencia íntima a desplegar el acto creativo sin limitaciones ni causas a las que servir, salvo aquella que nos dice que toda verdadera creación artística traduce y expresa necesariamente su tiempo.
Un escritor insurreccional como Pablo Palacio fue duramente criticado en la década del treinta por sus colegas social-naturalistas, entre ellos el gran novelista Joaquín Gallegos Lara. De la novela de Palacio, Vida del ahorcado, Gallegos decía que tenía “un concepto mezquino, clownesco y desorientado de la vida”, sin entender el sentido revolucionario del texto de Palacio quien, justamente, trasladaba o impregnaba su escritura de ese sentido “mezquino, clownesco” de la realidad para desacralizarla y convertir, su intelección, en experiencia. En el mismo sentido, escritores situados en el otro extremo ideológico, como Gonzalo Zaldumbide, conservador y aristócrata, conceptuaba a la vanguardia como “un ataque a las tradicionales normas clásicas de belleza”. Y, un escritor social realista, Sergio Núñez, consideraba a su vez, desde la izquierda, a la vanguardia como “antisocial, siendo como es –escribía–, antirrítmica, bárbara”. Las críticas a Hugo Mayo, entiendo, se sitúan en ese mismo contexto.

FM | Antes que hablemos más específicamente de La Bufanda del Sol, quiero indagar sobre un tema que hasta hoy me parece mal resuelto o simplemente abandonado. En tu entrevista a Susana Freire García, ya cuando hablas de los años 70, leemos: “lo que había sido objeto de propuesta iconoclasta en la década anterior daba paso a una forma de escribir más adecuada a los tiempos que corrían, acorde con las más recientes tendencias culturales y políticas en el continente”. Bueno, en una frase tuya tenemos como un diálogo infinito propuesto. A ver. No sé si conoces el libro La cultura de un siglo – América Latina en sus revistas, de Saúl Sosnowski. Con sus casi 600 páginas, fue publicado en 1999 por Alianza Editorial. Los años 60 son una década saltada, ninguneada, en la lectura cronológica de este libro. Simplemente no hubo nada en 10 años. Podemos reírnos ahora de la cosa, pero la verdad es que estos son los libros que circulan en el medio académico. Los libros que posan en las manos de los aprendices de investigadores. Quiero hacer aquí dos cosas, la primera es indagar sobre las relaciones entre la historia oficial y su contraparte, la realidad. La segunda tiene que ver directamente con tu cita, o sea, ¿los años 60 acaso fueron vacíos estéticamente?

FP | No conozco el libro de Sosnowski, pero me parece inaudito que no dijera nada sobre lo sucedido en los años sesenta, más aún si el tema es una revisión de la cultura de América Latina a través de sus revistas literarias y más todavía tratándose de Saúl Sosnowski, quien es precisamente el director permanente de una revista como Hispamérica, la cual, desde los sesenta, asumió un rol de vigía de lo que estaba sucediendo en el continente.
Si algo caracterizó a aquellos años fue precisamente la profusión de revistas literarias, las que, aún siendo efímeras en muchos casos, desempeñaron una suerte de vehículos de información e intercambio profusos entre los diversos movimientos que tenían lugar en toda la región. Podría citar, a modo ejemplificativo algunas de ellas, al menos entre las que estuvieron en contacto con La Bufanda del Sol: El Corno Emplumado (México), Eco Contemporáneo (Argentina), Vigilia(Argentina), Orfeo (Chile), Hoy en la Cultura (Argentina), Alcor (Paraguay), Diálogos (México), Sol Cuello Cortado (Venezuela), Espiral (Colombia), Nivel, gaceta de cultura(México), Cuadernos Desterrados (Florida, EE.UU.), El cuento (México), Cuadernos al Viento (México), Cal (Venezuela), Cormorán y Delfín (Argentina), El Escarabajo de Oro (Argentina), Capricornio, revista de Literatura, Arte y Actualidades (Argentina), MELE (carta internacional de poesía, (Hawaii, EE.UU.), Círculo Literario Javier Heraud(Perú), Tunastral, una revista de la tribu (Toluca, México), Letras de Ayer y de Hoy (México), Diagonal Cero (La Plata, Argentina), Pájaro Cascabel (México), Revista Peruana de Cultura (Perú), Awqatinku, revista de vanguardia (Cusco, Perú), Columna 10 (Argentina), Piélago (Universidad de San Marcos, Lima, Perú), Polémica (Chile),Meridiana (Córdoba, Argentina), ILA, mensuario de divulgación cultural (Florianópolis, Brasil), Airón (Argentina), Opium (Argentina), Revista Mexicana de Literatura(México), Zona Franca (Venezuela), Asomante (Puerto Rico), etc. Sólo en el Ecuador: La bufanda del sol, Pucuna, Indoamérica, Ágora, Procontra, Noesis, Z, etc.
Es dable afirmar, además, que muchas de las individualidades más interesantes de la literatura latinoamericana de hoy estuvieron en su momento vinculadas a revistas como las nombradas. Éstas, por su parte, fueron escenario de debate de muchos temas de interés para la cultura de entonces y de ahora.

FM | Es verdad que La Bufanda del Sol fue algo más plasmada en la idea de compartir ideales políticos e ideales estéticos. Bueno, era el paso siguiente. La recuperación histórica que hacen ustedes ahora de todo eso es algo ejemplar. En la medida en que fueron avanzando en el ambiente estético, pregunto, ¿qué nueva realidad se fue desvelando en Ecuador en relación a las vanguardias en nuestro continente? ¿Es posible una lectura así?

FP | En principio, La Bufanda se planeó como un medio de intercomunicación con otros movimientos similares en el continente, pero, a la vez, siendo como era una revista literaria, asumía también un rol de revista política, esto es, un medio de expresión contestatario frente a la inequidad y los desequilibrios propios de una sociedad como la ecuatoriana y a los efectos de la dominación imperialista y neocolonialista en América Latina y en el mundo entero.
En este sentido, era una preocupación fundamental la relacionada con el compromiso del intelectual y su responsabilidad frente a la sociedad y su época. Por ello, cuestionábamos profundamente a movimientos como, por ejemplo, el nadaísmo colombiano, al que considerábamos, pese a sus gestos anarquistas y provocadores, como algo inscrito en el sistema, algo que sólo cuestionaba las formas, pero que no implicaba ningún compromiso con la necesidad de transformar en profundidad el estado de cosas existente. Igual crítica la hacíamos en relación con movimientos de la época como los llamados mufados argentinos, los siconautas, prepostcristianos, revolucionarios psíquicos, etc. En el editorial del número 3-4 de la revista, podemos leer: “Ésta no es una revista política, en el sentido usual de dicha acepción. Pero en la medida en que se inscribe en el proceso por una auténtica cultura nacional y latinoamericana; por una nueva conciencia y una nueva humanidad –a lograrse sólo cuando los verdaderos valores de la cultura se integren en el movimiento de transformación socioeconómica del Ecuador y Latinoamérica, posible únicamente cuando el pueblo, el hombre entre en la historia– ésta es una revista política”. Lo mismo podría decirse de Pucuna.
De modo que puede decirse que, en tanto se relacionaba con las vanguardias del continente, desarrollaba a la vez un intenso juicio crítico sobre las mismas desde una perspectiva sin duda marxista.

FM | De la manera más simple y directa te pregunto: la creencia en las luchas de emancipación, ¿ha creado una clase de artistas para quienes el hecho estético fue perdiendo importancia? Ya no pienso en el plan político, sino en la utilización de cierto cinismo actual entre la presentación de una obra de arte y su componente “políticamente correcto”, su matriz social que es un truco. Hoy las relaciones entre arte y público están completamente traspasadas por el componente tramposo, su aporte inmediato al ambiente social, por su vez falto de asistencia de la clase institucional. ¿Hay una luz para eso, una sola?

FP | Tal vez es al revés, en cierta medida. En los años que siguieron, una mayoría de quienes conformamos la vanguardia tzántzica nos centramos, más que nada, en la estructuración de nuestra obra personal, digamos, en la configuración de nuestra palabra. Hablo de escritores como Abdón Ubidia, Humberto Vinueza, Iván Carvajal, el propio Ulises Estrella. Por otro lado, es evidente que la producción del arte y la literatura actuales está profundamente mediatizada y determinada por los intereses del mercado, a través de lo que tú llamas acertadamente “truco”, ese componente tramposo. No podemos negar la emergencia de figuras importantes, valederas; pero siempre nos queda la sospecha de cuánto, en su configuración transnacional, en su proyección a niveles incluso extracontinentales, han tenido que ver los intereses del mercado, de las transnacionales de la producción editorial. En el arte plástico, la situación es patética: el creador individual ha sido desplazado y en su lugar se erige el curador como el factótum totalizador que decide sobre tendencias e individualidades. En tal escenario, los contenidos estéticos se relativizan, son asimilados por el mercado, todos, incluso aquellos que en su fondo cuestionan el estado de cosas existente, gracias a esos mecanismos que tú, con exactitud, señalas y revelas en su tramposa realidad, en su totalizador avasallamiento vía los medios de comunicación y el uso interesado de las nuevas tecnologías.
Haría falta, pues, me imagino, una nueva vanguardia, ¿que se geste, tal vez, en el seno de esta nueva revolución global a la que estamos asistiendo: la insurrección de los llamados “indignados”, las insurrecciones de los pueblos árabes? ¿Una rebelión global contra las inequidades del capitalismo, cuanto también contra las satrapías que, en Oriente y Occidente, se han consolidado totalitarias con el pretexto falaz de ser las contrapartes de la inequidad capitalista, siendo en el fondo igual de injustas y tan depredadoras del ser humano y de la naturaleza?

FM | Hasta aquí el lector puede indagar si en tu generación hubo más de conciencia política que experimentación estética. Entre las dos perspectivas, ¿los conflictos han superado las afinidades?

FP | Si entiendo tu pregunta, me parece que las afinidades se han impuesto sobre el conflicto, si presumo a éste como necesariamente político. Tanto en la producción de quienes, siendo parte de la generación del 60, siguen escribiendo, cuanto en las nuevas promociones, lo político, como elemento directamente asumido en el texto, ya no es primordial. Los escritores, en general, se abren a diversas y múltiples posibilidades, aunque siempre, desde luego, hay, implícito, lo que Palacio llamaba “el desprestigio de la realidad” y esto, sin duda, implica una categoría política, un cuestionamiento desde adentro, indirecto, infiltrado, de la realidad.
Un escritor guayaquileño, más bien joven, quien actualmente vive en Barcelona, Leonardo Valencia, ha hablado de lo que él llama “el síndrome de Falcone”. Falcone era el hombre que debía llevar en sus hombros al novelista social-realista y militante comunista Joaquín Gallegos Lara, el cual era parapléjico. Con este símil, Valencia infiere que persiste en la literatura ecuatoriana el síndrome del compromiso político, que eventualmente la volvería localista, no abierta a tendencias como la denominada extraterritorialidad, por ejemplo. Creo que en estos momentos tal conceptuación ya no es real y no se corresponde con la multiplicidad de tendencias que podemos encontrar en el escenario de nuestra literatura.

FM | En nuestros correos, recién me has dicho algo acerca de nuestro diálogo “Me ha ayudado a comprender muchas cosas, y, al mismo tiempo, ha sembrado renovadas dudas. Al fin y al cabo, vivimos en la incertidumbre. Quizás allí radique nuestra fuerza para escribir. No sé si me equivoque.” ¿Olvidamos algo?

FP | No cabe duda que un diálogo como el que tú has planteado me ha llevado a reinterpretar, desde la distancia del tiempo, lo que significó realmente el proceso de vanguardia de los años sesenta y el papel que desempeñamos quienes lo vivimos. No sé si me equivoque, repito. Pero es indudable que algunas de las certezas que entonces nos orientaban, hoy parecen absolutamente relativizadas, o refutadas. Contestando una pregunta anterior aludimos, por ejemplo, a una de ellas: entonces creíamos en el advenimiento necesario del hombre nuevo revolucionario, cuyo paradigma era el Ché Guevara. Hoy, sabemos que ello es imposible: el hombre para serlo es necesariamente mitad ángel, mitad demonio. Lo demuestra la historia contemporánea, la continuación de la historia: las guerras étnicas de los Balcanes, los genocidios en África, las dictaduras latinoamericanas, la inequidad prevaleciente en el mundo, la amenaza siempre latente del autoritarismo y del fascismo, etc. Lo demostró ya un novelista que sigue siendo actual, más actual que nunca: Dostoievski.
No sé si hemos olvidado algo, lo que sí sé es que, frente a la historia, no debemos olvidar nada. La memoria es en sí misma una obligación ética.

[2011]

NOTA
Conocí a Francisco Proaño (Ecuador, 1944) a fines del año pasado en una recepción que el escultor Edgar Zúñigaha dedicó a mi presencia en San José, noche particularmente memorable que ha dado paso a la publicación de un libro nuestro, de Zúñiga y mío, de poemas y esculturas. El escritor ecuatoriano entonces estaba como embajador de su país en Costa Rica. Años después, ya a mediados de la primera década de este siglo, me encontré una vez más con él, en otro país centroamericano, El Salvador. En esos años todos tuvimos siempre muy buena atención a nuestros caminos. En los años sesenta, Francisco Proaño formó parte del grupo de vanguardia Tzántzicos y de revistas literarias como Z, Pucuna y La bufanda del sol. Ha dirigido, además, la revista Letras del Ecuador, órgano de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. En 2011 conocí finalmente Ecuador, días de grande fuerza atractiva que incluyó un almuerzo en su casa, con Proaño ya desconectado de la vida diplomática. Entre amigos y buena comida tratamos de preparar el espíritu para el diálogo que aquí publicamos. Un poco de la bibliografía de Francisco Proaño: ha publicado, en cuento, Historias de disecadores, Oposición a la magia, La doblez, Historias del país fingido y Perfil inacabado(antología). En novela: Antiguas caras en el espejo, Del otro lado de las cosas, La razón y el presagio, El sabor de la condena y Tratado del amor clandestino. Esta última obra fue finalista del Premio “Rómulo Gallegos” 2009, y ha sido acreedora al Premio “José María Arguedas” 2010, distinción que anualmente otorga la Casa de las Américas en La Habana, Cuba. El diálogo que sigue fue preparado para mi libro Um novo continente: Surrealismo e poesia na América, ya en fase final de preparación y edición. Aquí hacemos un recorrido por los años 60 y 70 en la cultura ecuatoriana, buscando sus puntos críticos, más que simplemente dedicados a la alabanza de la memoria. Abraxas

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