domingo, 3 de agosto de 2014

MANUEL DE LA PUEBLA | Enigmas de una identidad cultural



FM Dice Francisco Matos Paoli: “Si algo me define es la avidez de conocimiento y el ansia de identificar verdad y belleza como enorme consumación del ser”. En cuanto al poeta Manuel de la Puebla, ¿qué lo define?

MP La inquietud por la adquisición del conocimiento fue mi pasión dominante desde los dos últimos años del magisterio; más fuerte con los estudios universitarios; pasión que generó en crisis severa. Quería leer y estudiar y no tenía tiempo, sino el que quitaba al sueño y al recreo. No sabía descansar (como me pasa ahora) ni podía hacerlo, tan recargado como estaba de horas de clase. Yo no podría decir como Don Paco que ansiaba identificar la verdad y la belleza como acto de perfeccionamiento; me parecía que la primera (parcial, subjetiva) estaba en mis convicciones y no visualizaba la segunda concretamente. Quería el conocimiento como instrumento de seguridad intelectual. Me definía a mí mismo como una persona llena de lagunas. El vacío que sentía me sofocaba; vacío que con los años ha apaciguado su encono, no porque lo haya llenado con ni siquiera información, sino porque uno se acostumbra a la ignorancia, sea por resignación o por fatalismo. Así que nada de cortarme el pelo unos centímetros como Sor Juana para desafiarme a mí mismo diciendo: tengo que ver tales y cuales cosas antes de que vuelva a crecer. Tengo muchos proyectos que me incitan y mantienen activo y esa es la única medida de la inquietud.

FM Gracias a nuestra correspondencia y a nuestro intercambio de libros, vengo conociendo un poco más de tu trabajo, Manuel. ¿Qué proyectos llevaste a cabo en los últimos años y cuáles está cumpliendo ahora?

MP Como la lectura y conocimiento de Francisco Matos Paoli, el poeta mayor de Puerto Rico, no era tarea fácil, por la inmensidad de su obra y mala distribución de la misma, preparé, en 1995, una antología de los poemas más significativos de su poética, por temas. A solicitud de Luzmaría Jiménez Faro, directora de la Editorial Torremozas, de Madrid, hice otra antología de Julia de Burgos. Una tercera de José Martí, para conmemorar el centenario de su fallecimiento. Un número especial de Mairena dedicado a Sor Juana Inés de la Cruz, conmemorando el tercer centenario, y los números monográficos de Mairena, labor enteramente personal: 1) Imagen poética del Siglo XX, antología temática, que contiene: la poesía sobre la vida u el destino, en general; seres en soledad, extraños en la ciudad, la guerra, la paz, la voz reivindicativa de la mujer; poesía sobre los niños, indios, negros y marginados; la poesía del SIDA. 2) Ecología y poesía, también por temas: la poesía sobre la tierra, la naturaleza, la luz, algunos elementos del habitat: la casa, las cosas, el cuerpo, el aire, el agua, los árboles, los animales y la contaminación. En este último caso, en vez de escoger y colocar en sección aparte los poemas sobre la contaminación por el ruido, preferí destacar, como don admirable, el silencio, cuyo aprecio, en su esencia, es privilegio de los poetas y de personas muy sensibles. 3) Otro número monográfico está constituido por unos setenta poemas a la madre. El último número de la revista es una especie de panorámica de la poesía puertorriqueña del siglo XX, con veinte estudios sobre otros tantos poetas; un trabajo sólo posible gracias a la ayuda de algunos de los más allegados colaboradores de Mairena: Ernesto Alvarez, Javier Ciordia, Jesús Tomé, Francisco Matos Paoli, Marcos Reyes Dávila, Angel M. Encarnación, Ramón Felipe Medina y Reynaldo Marcos Papua.

FM Naturalmente que no se puede olvidar tu dedicación a la edición de la revista Mairena, durante veinte años, trabajo que me parece el más exigente, en términos de tiempo y energía.

MP Así es. Al concluir Mairena su itinerario estoy anunciando el nacimiento de otra revista para que se inicie con el tercer milenio, la revista Julia, dedicada exclusivamente a la poesía como creación, distinta en la presentación y las perspectivas.

FM ¿Y qué otros proyectos tienes en mente?

MP Una media docena de capítulos sobre la poesía puertorriqueña de los últimos cincuenta años; una seria de ensayos sobre Sor Juana y el libro Introducción a la Ecología. Estoy ayudando, además, a Fredo Arias de la Canal, de México, en la preparación de una antología de la poesía cósmica puertorriqueña, en general, y cuatro individuales, en pleno proceso.

FM Fernando Charry Lara, al escribir sobre la poética de León de Greiff, se refiere a la poesía como “una experiencia física de la palabra, hasta llegar con ella a sustituir la mezquina realidad cotidiana”. ¿Qué influencia crees que tenga hoy la poesía en esa “realidad cotidiana”?

MP En esta relación entre la palabra poética y la realidad, creo que se pueden hacer dos grandes apartados -con numerosos grados en cada caso. Por una parte, la poesía muy elaborada, en la que el lenguaje predomina sobre los temas y los asuntos; cuando aquel los arropa, ocultándolos, o los agosta. Es la “poesía de la palabra”, como dijo una vez Borges refiriéndose a la poesía de Góngora. La poesía es un modo de ver, de sentir y de apreciar las cosas. Modo subjetivo por naturaleza, pero que debe ser artístico por la intención, proyección y finalidad. Lo importante en la creación poética es conservar siempre esta conciencia de la faz artística; en ella reside la profesionalidad del poeta. La inspiración llega turbia, máxime cuando es fruto del arrebato o es vuelco del subconsciente por una rampa oblicua.
Creo que la elaboración es necesaria y pienso que son funciones de la poesía aludir a la realidad representada con sus medios y maneras y transformarla. Personalmente corrijo mucho mis textos, suprimiendo del lenguaje abundante todo lo innecesario; cambiando los vocablos muy comunes o gastados. Pero de aquí al paladeo de las palabras, al recargo esteticista (e, inclusive, a la petulancia de estilo) hay un buen trecho. Corregir, sí. La palabra con mesura, sin alejarse de la naturalidad, por aquello de Juan Ramón Jiménez: “ya no la toques más, que así es la rosa”.
En esotro apartado pongo la realidad que aunque sórdida y cruel cuando está alterada por la maldad humana, no me parece mezquina, desde el punto de vista del arte. Es una dimensión ineludible; parte integrante de nuestra vida y sustancia. La realidad externa y la interior. Y solamente en una situación extrema la fruición de la palabra podría sustituirla. Con la poesía tiene muchas formas y muchos grados de relación, desde el calco directo y burdo de ella, hasta la idealización, el esfumado y la sublimación. Lo que lamento desde hace varias décadas es que la realidad se ha metido atropellando y desalojando a motivos y categorías espirituales; degenerando, desestilizando el lenguaje, arte de la poesía. No es el relieve del realismo en el poema lo que censuro, porque hay muchas formas de nombrar las cosas en forma entera y de referirse a las peripecias humanas con sus lacras. Y hay una forma poética de situarse en la cotidianidad, pero detectando “el alma oculta de las cosas”, como quería González Martínez y de emplear el lenguaje familiar, pero al servicio de la visión lírica, transformante. Si el empleo sabio del lenguaje metafórico descubre al verdadero poeta, también el uso del lenguaje familiar, espiritualizado y sobrio, lo califica. Y esta es la diferencia entre el verdadero poeta y los meros usuarios del verso.

FM En una entrevista a Sylvia Domenech, dice Violeta López Suria: “Cuando comecé a escribir, en la década del 50, sólo existía la radio. La poesía llegaba a través del oído. Había pocos libros”. Creo entonces que las revistas fueron el gran instrumento de difusión de la poesía en las décadas anteriores, sobre todo para la generación iniciada en el período de las vanguardias de los años 20. Pienso en revistas como Hostos, Vórtice y Faro. ¿Cuál fue la importancia de esas publicaciones?

MP Violeta López Suria parecía tener una vida muy recogida, encerrada en su pequeño mundo de libros, música y animalitos caseros, pero tenía los sentidos muy abiertos al entorno. Disponía, además, de una gran sensibilidad para responder poéticamente. Entiendo su nostalgia por la década del 50, cuando la poesía era un arte auditivo, gracias a la difusión radial que hacía las veces de una juglaría. Y gracias a los numerosos recitales, las representaciones del teatro clásico, al igual que el teatro poético de Federico García Lorca, Alejandro Casona y Jacinto Benavente. Los poetas formaban parte del ambiente, entre ellos Juan Ramón Jiménez que si ofreció al pueblo de Puerto Rico su prestigio y saber poéticos, recibió en cambio simpatía, reconocimientos y la plaza de “profesor residente” de la Universidad de Puerto Rico. En fechas posteriores, poetas más jóvenes que Violeta han expresado la misma nostalgia, aunque extendiendo el tiempo recuperado en el verso, más de una década; como es el caso de José Luis Vega con Tiempo de bolero y Andrés Castro Ríos con Crónica escrita para ser cantada.
La secuencia de la radio en lo que a la difusión de la poesía se refiere está en las páginas de las revistas. Jesús Tomé destaca su importancia diciendo que son como el termómetro cultural de un país, y tiene razón en parte. Esas revistas aparecen en tiempos de efervescencia; de inquietud espiritual, de afirmación o de polémica sobre arte y literatura; no importa la vida efímera de muchas de ellas. Y desaparecen o escasean en tiempos anodinos, frívolos o materialistas, como el que hoy nos toca vivir. En poesía, la presencia de las revistas se siente hoy más necesaria ya que los otros medios, radio, TV y prensa, la tienen en olvido. En la década del 20, periódicos como El Imparcial, Puerto Rico Ilustrado y La Democracia tenían sus páginas abiertas a los poetas. Bastaría el ejemplo de Evaristo Ribera Chevremont que al regresar de España con el entusiasmo por los movimientos de vanguardia publica una serie de ensayos en el Puerto Rico Ilustrado sobre la nueva estética y dirige en La Democracia una página para la exposición de las nuevas corrientes intelectuales, a la vez para los poemas afines a ellas. En esa atmósfera tan propicia a las letras y las artes surgen semanarios como Poliedro, censuarios como Los Seis, Alma Latina e Índice, y revistas de periodicidad y duración variables, órganos de los distintos ismos. Faro y Vórtice, por ejemplo, fueron portavoces del Noismo, al igual que Hostos, que la siguió, las tres de vida breve. El espacio de las revistas era una alternativa del ofrecido por los periódicos. Cuando unas cesaban, la publicación de poesías seguía en las páginas especiales o suplementos de los otros. Lo importante es señalar el espíritu de renovación que las caracterizaba, con la proclama de libertad, el sentido de réplica abierta e inclemente a la vieja poética y su tono de suficiencia, humor, burla e ironía. Lo más llamativo de su estilo, lo más firme del afán innovador, residía en la creación de imágenes; en las metáforas deslumbrantes o caprichosas que en muchas ocasiones exhibieron. A mí entender las revistas de mayor duración y significado del momento fueron Índice y Alma Latina. La primera por el sentido de profundización en el espíritu nacional, la independencia con respecto a cualquiera de los ismos de la época; por su razón de ser, más afín a los elementos unificadores que a las diferencias. La importancia de Índice hay que medirla en el ámbito cultural puertorriqueño. Más que revista literaria es una palestra; más que un “índice”, una empresa para indagar, descubrir, afirmar y defender lo más raigal y propio, contenido en la historia, la lengua y la cultura del país.
La revista Alma Latina, aunque de interés general, cumple un papel importante en la renovación literaria. En ella sobresalen: la atención a lo hispánico, con el deseo de comunicación entre los distintos países que constituyen este concepto, y la exposición del Atalayismo -el movimiento de vanguardia más importante de la Isla- como una categoría que define la poesía, el arte y la filosofía de vida. El interés por la poesía adquiere continuidad en la sección denominada “Poetas de última moda”, después “Antología nudista de vanguardia y finalmente: “Poemas nuevos”. Si en Alma Latina no se logró la imagen completa del movimiento, en ella, por lo menos, los poetas se movieron con comodidad y se afianzaron.

FM Siguiendo la tradición de las revistas literarias, en las décadas del 60 y el 70, por ejemplo, encontramos Guajana, Mester, Palestra, Ventana, Zona: Carga y Descarga, entre otras. Cuando fundaste Mairena, en 1979, tenías ya todo un ambiente favorable a este tipo de publicación. ¿Qué te animó a esta aventura editorial?

MP Creo que se puede hablar legítimamente de una tradición de las revistas puertorriqueñas. Con respecto a las anteriores, las que Ud. enumera nos sitúan tres décadas después. Es decir, que de intentar un itinerario completo, tendríamos que recordar no menos de quince revistas; unas de iniciativa privada, otras de instituciones. En conjunto, forman un espectro muy interesante de la literatura puertorriqueña. En ese período surgieron Ámbito y Brújula, por ejemplo, ambas nacidas en 1934, dedicadas a varios géneros, cerradas en 1937; Ínsula (1941-43) que fue el órgano del movimiento Integralista; Artes y Letras (1953-59), calificada “Censuario de cultura”; Asomante (1945-70), revista de la Asociación de Mujeres Graduadas de la Universidad de Puerto Rico, dirigida por Nilita Vientós Gastón durante veinticinco años hasta que la Asociación la destituyó por diferencias en la orientación; hecho que dio paso a la revista Sin Nombre (1970), que la licenciada Vientós condujo hasta 1984. La Torre surgió a iniciativa del rector Jaime Benitez en 1953 y ha sido reflejo de los trabajos investigativos y de creación de la Universidad de Puerto Rico y de destacados intelectuales del mundo hispánico y de otras literaturas. Aún sigue editándose.
En las décadas del 60 y del 70, las revistas literarias son reflejo de la gran efervescencia política y cultural; contribuyendo, al mismo tiempo, a formar un ambiente de búsqueda y defensa de la identidad nacional, ambiente político-social-literario que sobrepasa lo meramente poético-revisteril. Mairena no llegó en ese momento aprovechando el florecimiento previo de las publicaciones, sino al contrario, tratando de atenuar el vacío de las mismas. Años antes de 1979, las revistas nombradas y algunas más, Prometeo, Nosostros, Visiones y Bayoán, se habían llamado a silencio. Me pareció, pues, urgente, la necesidad de crear un espacio para la poesía como creación; también, para la crítica poética.
Hasta mediados de los 60 se repetía que la literatura puertorriqueña estaba en crisis, salvo la poesía, considerada siempre como el género más sobresaliente en cantidad y calidad. Ahora éramos testigos del crecimiento de la narrativa, el ensayo y el teatro. El boom literario hispanoamericano copó el interés general de editores y lectores y la atención particular de profesores y de críticos. Los escritores puertorriqueños se sumaron a la evolución y al éxito, mientras la poesía, en términos de lectores, críticos y acogimiento editorial, fue marginada. El ambiente no le era favorable. Y eso mismo hacía más necesaria una publicación para poner la poesía en el lugar que le correspondía. Porque peor que la marginación por causa del éxito de los otros géneros, era desalojarla de la vida por la fuerza destructora del materialismo rampante. Era necesario ofrecer un frente de reivindicación; mostrar la poesía como un valor en sí misma, una muestra del espíritu; digna, como tal, de todo respecto y simpatía. Mairena tenía que dar este testimonio.
Si yo alguna vez dije (en el Congreso Internacional e Poetas de Madrid, en 1982, por ejemplo) “que había que recuperar el antiguo esplendor de la poesía”, pensaba más en el rescate de los lectores que en la modificación intrínseca de la poesía. Por eso, desde el primer número he venido repitiendo que “Mairena es una revista dedicada exclusivamente a la poesía -creación y crítica- pero no precisamente para poetas y especialistas”. Mairena salía en búsqueda de los lectores abandonados por los poetas -desde las escuelas de vanguardia-, los poetas puros, los de poesía hermética o los otros del lenguaje surrealista, caótico o ilegible.
Personalmente he entendido siempre que deben existir todas esas variantes de la poesía. Los poetas, revistas y libros de avanzada; exploradores y experimentadores. Pero por consideración a los lectores, la actitud vanguardista no entraba en las miras de Mairena. La revista era, por otra parte, una publicación de proyecciones universales, en el tiempo y en el espacio; animada por un espíritu de sencillez, propicio para crear el ambiente de convivencia. En esta misma proyección, no quiso someterse a ideales ni a programas políticos; fijando con esto una postura que hoy nos parece muy fácil pero no en 1979, en el espacio densamente politizado.
Era asimismo urgente, además de la creación del espacio para la poesía y los poetas, el movilizar la poesía; extenderla dentro de Puerto Rico y llevarla más allá de sus playas. Dar a conocer la poesía puertorriqueña en el mundo hispánico, estableciendo a través de ella un intercambio de conocimiento y de amistad. Había en la salida, también, voluntad de servicio.

FM El “Editorial” de Guajana # 2 (1966) afirma: “Crear en Puerto Rico es más que solamente crear. Aquí significa alimentar la cultura nacional, que resiste heroicamente a la acometida del poderío extranjero en todas sus manifestaciones”. Lo que resultó a partir de entonces fue un panfletarismo reductor, una sumisión del arte al mero enfoque político. ¿Hasta qué punto Guajana no habría significado un retroceso en lo tocante a las conquistas del movimiento transcendentalista de la década anterior?

MP Aunque la poesía puertorriqueña siguió a la par de la poesía hispanoamericana, en los cambios temáticos y en las evoluciones intrínsecas de la misma, para entender la actitud crítica de los poetas hay que tener en cuenta también la situación política, especial, de la Isla, que marca todas las formas de su cultura. Los entonces jóvenes poetas agrupados en torno a la revista Guajana (en una misma línea de toma de conciencia y compromiso que los de Mester y Palestra) evolucionaron rápidamente hacia una militancia radical, evidenciada en los poemas y en los artículos editoriales. Asumieron, como primera función de la revista, la creación de un frente de lucha patriótico, para defender y acrecentar la cultura puertorriqueña. Y aparte de que la década del 60, época de agitación política y social, y de que el ambiente general contestatario de Occidente era propicio para despertar la poesía política, los puertorriqueños tenían ejemplos muy próximos entre sus poetas: el de José de Diego, de comienzos de siglo, a quien ellos habían homenajeado con un número especial de la revista, implicaba un compromiso con la historia, y el ejemplo de los poetas -vivos aún- perseguidos y encarcelados por la afirmación de sus ideales independentistas: Juan Antonio Corretjer, Francisco Matos Paoli, Clemente Soto Vélez y José Enamorado Cuesta. Como modelo fue también Hugo Margenat, que al fallecer prematuramente a los 23 años, en 1957, con una obra madura e incitante, se convierte en el precursor del movimiento.
Causas externas y motivos más próximos inspiran esta poesía: la revolución cubana, los movimientos de emancipación de los países hispanoamericanos; la intervención de los marinos norteamericanos en Santo Domingo; la guerra de Vietnam; el fallecimiento de Pedro Albizu Campos, fundador del Partido Nacionalista Puertorriqueño; la celebración del plebiscito sobre el status en 1967 y la conmemoración del centenario de la Revolución de Lares en 1968; la penetración de la doctrina marxista en las artes, las letras y programas sociales. A estas motivaciones habría que añadir otras igualmente acuciantes: las luchas universitarias y los conflictos con el servicio militar obligatorio; la captación de los inmediato deprimente: la falta de conciencia en la ciudadanía, la carencia de ideales superiores, la indiferencia; el conformismo, la búsqueda y apego a las ventajas materiales; el discrimen racial y la injusticia.
Así se entiende la preocupación de los editoriales de las revistas y el sentido que los poetas imprimen a la poesía. Crear para ellos es sostener la cultura como un modo de ser del individuo y de la nación; la obligación de jugarse en la defensa de los rasgos que identifican a todos como puertorriqueños; en la defensa de la cultura asediada por muchos flancos.
Para ellos como para Gabriel Celaya, la poesía es “un arma cargada de futuro”. La consideran como una palestra. Como el lugar en el que pueden dar la batalla contra lo que llaman irónicamente “las tres divinas personas de la poesía colonizada puertorriqueña”: el idealismo, la enajenación y la metafísica. Quieren desmitificar, situar al poeta en la calle, en la vida cotidiana y lo popular. Creen en el amor. Estiman la tradición. Pretenden ser fieles a su tiempo y quieren descubrir la verdad histórica para realizarla. Lo único -observan- es que la rosa está chamuscada de pólvora y oliente a sangre, y eso determina su poética.
Así se entiende también el énfasis que se da al contenido, al sentido colectivo de la voz, al tono de denuncia o de crítica y a la agresividad del lenguaje.
¿Sumisión del arte al enfoque político? No siempre. El valor artístico pasa sin duda por un riesgo, mayor que en otras formas; riesgo que ni Pablo Neruda supo salvar siempre. Peligro sí; no necesariamente rendición de la sustancia artística, que se puede mantener en muy diversos grados.
Por tratarse de una forma poética distinta, creo que no se puede hablar de retroceso. El movimiento transcendentalista puertorriqueño, aunque nacido con una actitud muy pura y serena; y aunque sus principios -por ser más universales- perduraran más tiempo que los de otros movimientos poéticos, su resonancia e influencia no fueron tan notorias. Y si estuvieron muy bien en cuanto a la afirmación de los valores humanísticos, el enfoque metafísico y cierto tono de angustia y desencanto no encajaban en el nuevo programa, idealista en lo político y pragmático en lo filosófico. Más todavía: en la historia de la poesía ha habido siempre movimientos de ida y vuelta; de acercamientos y de choques; de grandes subidas, a veces, hacia lo apolíneo, y graves descensos, en otros casos. Lo importante es que podamos reconocerla en cada etapa.

FM Hay una tendencia de los puertorriqueños insulares de rechazo a la poesía hecha por los puertorriqueños residentes en los Estados Unidos. Entre éstos menciono a Manuel Ramos Otero, de quien el ensayista Rubén González, en su excelente estudio Crónica de tres décadas (1989), sitúa El libro de la muerte entre “los tres o cuatro libros más importantes publicados en los años 80 en Puerto Rico”. ¿Cuáles son las razones del rechazo arriba apuntado y qué piensas de la poesía de Ramos Otero?

MP La poesía escrita por algunos puertorriqueños residentes en Estados Unidos (llegados cuando eran niños) o hijos de exiliados puertorriqueños, nacidos en Estados Unidos, constituye un capítulo interesante desde el punto de vista cultural, dentro del enfoque artístico literario y del sociológico. Es una poesía relativamente joven -empieza en la década del 60. Se la conoce con el nombre de poesía “niuyorriqueña” o “neoriqueña” y la gran diferencia con la poesía de la Isla es la lengua utilizada. Los autores de este grupo escriben en inglés o son bilingües o utilizan el “spanglish”. La lengua utilizada es un criterio fundamental, en litigio con la voluntad de los que quieren pertenecer a la comunidad puertorriqueña y el deseo de ser incorporados a su cultura. En la Isla la aceptación de los mismos no es unánime. Están por una parte los que de manera tajante rechazan esa poesía; no la aceptan como un apéndice de la literatura insular y ni siquiera como modalidad, aún admitiendo que, en sí misma, sea una forma de sentir y expresar lo puertorriqueño. Creen que su espacio está en la literatura inglesa. René Marqués, dramaturgo, ensayista y cuentista, es un ejemplo de esta actitud.
En frente se encuentran los que no solamente la aceptan sino que la defienden, como es el caso de Pedro López-Adorno, puertorriqueño, poeta, profesor universitario en Nueva York, autor de un excelente libro titulado Papiros de Babel. Antología de la poesía puertorriqueña en Nueva York.
Pero antes de referirme al razonamiento de defensa que hace en el prólogo, como primera cuestión debo señalar que en la antología, de cincuenta y cuatro autores, el 87% -exiliados cuando ya estaban formados- escriben en español (algunos son figuras relevantes de la poesía puertorriqueña, como Clara Lair, José I. de Diego Padró, Calente Soto Vélez, Graciano Miranda Archilla, Julia de Burgos, José Emilio González etc.). Entran en la selección sencillamente porque residieron en la gran ciudad. La inclusión suya en la literatura nacional no la cuestiona nadie. Es el caso de Manuel Ramos Otero por quien Ud. pregunta, caso que voy a considerar más adelante.
López-Adorno sitúa a los “niuyorricans” dentro de la literatura puertorriqueña (y por ende de la hispanoamericana) porque es una muestra de la identidad nacional en el exilio, precisamente por la pluralidad social, política, económica, cultural y lingüística. Porque, a pesar de los niveles polifónicos, hay un hilo conductor y revelador de la puertorriqueñidad. Sugiere que a los que escriben en inglés se los lea en traducciones al español, tal como sucede en esta antología. (En una sección final aparecen los poemas escritos originalmente en inglés.)
El hilo de identidad se advierte en la liberación e los autores frente al “impacto de la transculturación, asimilación y marginación” de que son víctimas. Sostiene el prologista que para los que usan el español, el idioma es un símbolo de resistencia; mientras que los que se expresan en inglés usan esta lengua como subversión idiomática, para luchar contra los prejuicios y censuras de la cultura dominante. Gracias a ese hilo relevante, conductor de la identidad es posible le reunión de estas voces, las de esta “babélica” experiencia poética polifónica. Apoyado en este criterio, López Adorno argumenta contra el nacionalismo unidimensional y contra los que enmarcan la poesía en compartimientos inflexibles. Propone, en cambio, que se destaquen los elementos que unen y no los que separan; como forma de minar la resistencia y poderío de la cultura dominante, la norteamericana; como un proyecto, también, de rescatar del olvido la sustancia del ser puertorriqueño en el exilio.
La imagen del inmigrante puertorriqueño se asocia generalmente con la clase trabajadora y pobre; la formada por la afluencia masiva de trabajadores puertorriqueños a Estados Unidos, antes de la industrialización de la Isla y el consiguiente progreso económico en ella; grupo acrecentado por la salida posterior de muchos otros trabajadores, estudiantes y profesionales, atraídos por razones muy diversas. Se habla de más de cuatro millones de puertorriqueños en él “otro lado”; más que los que viven en la Isla superpoblada, con unos 3.8 millones de habitantes.
A los de aquí y a los del otro lado les identifica la nostalgia y el apego sentimental a lo nacional, por encima de algunas marcas y matices que los particularizan, como la influencias del ambiente, con las costumbres, personas y circunstancias; las respuestas personales a un medio distinto; la visión de mundo formada con distintas perspectivas.
Hace un par de años la Universidad de Puerto Rico ofreció una serie de encuentros -en varios de sus recintos- con cuatro escritores puertorriqueños radicados en Estados Unidos. Víctor Hernández Cruz, poeta y cuentista, autor de una obra publicada en inglés, traducida a cuatro lenguas europeas, empieza ahora a escribir en español desde su retorno en 1989. Aclara: “nunca perdí el sonido y el ritmo del español”. Se siente influenciado por William Carlos Williams, hijo de madre puertorriqueña, un poeta que originó un cambio notable en la poesía norteamericana. Hernández Cruz dice con humor que está como en el limbo; no es aceptado en Puerto Rico por escribir en inglés ni es poeta norteamericano por no estar radicado en Estados Unidos.
La obra de Tato Laviera es la más típicamente “niuyorrican”, por no decir excéntrica. Mezcla cinco modalidades lingüísticas: inglés, español, spanglish, la forma bilingüe y el “mixturao”. Su poema “Niuyorrican” aclara la lucha contra el rechazo y el carácter oral de la poesía.

Yo peleo por ti Puerto Rico, sabes. Yo me defiendo por tu nombre, sabes. Entro a tu isla, me siento extraño, sabes. Entro a buscar más y más, sabes. Pero tú con tus calumnias me niegas tu sonrisa, me siento mal, agallao, yo soy tu hijo, de una migración pecado forzado. Me mandaste a nacer nativo en otras tierras porque éramos pobres, porque tú querías vaciarte de tu gente pobre. Y ahora regreso con un corazón boricua, y tú me desprecias, me miras mal, me atacas mi hablar mientras comes McDonalds en discotecas americanas. Y yo no pude bailar la salsa en San Juan, la que yo bailo en mi Barrio llena de todas tus costumbres. Así que si tú no me quieres, yo tengo un Puerto Rico sabrosísimo en que buscar refugio en Nueva York y en muchos otros callejones que honran tu presencia preservando todos tus valores, así que, por favor, no me hagas sufrir, sabes.

Judith Cofer Ortiz es el ejemplo de una escritora nacida en la Isla y criada en Estados Unidos que debe la esencia de la puertorriqueñidad a su madre, según declara. Es poeta, cuentista y profesora universitaria, autora de obras muy difundidas.
Juan Flores, autor entre otras obras, de un libro de ensayos sobre la identidad puertorriqueña y director del Centro de Estudios Puertorriqueños en Nueva York, sostiene que la frontera es una fuente de innovación y de identificación cultural; un espacio que no le pertenece a nadie, sino que se nutre de la pluralidad.
Habría que añadir, al menos, los nombres de otros poetas “niuyorricans”: Pedro Pietro, Miguel Algarín, Sandra María Estévez, José A. Figueroa, Martín Espada y Louis Reyes Rivera.

FM Todo esto es importante destacar, sí, pero… ¿y qué decir del caso particular de Manuel Ramos Otero?

MP La poesía de Manuel Ramos Otero no se puede leer con indiferencia. Tiene capacidad para sacudir a los lectores por la carga inusitada de sinceridad; por la crudeza de los conceptos y del vocabulario. Puede, inclusive, dividirlos en dos bandos: quienes la aceptarán entusiastamente por sus ímpetus y rebeldías, como un desafío a la sociedad y un deseo de apertura total en la literatura. Al igual que sus cuentos y novelas, la poesía responde a una voluntad expresa de crear inquietudes y a la necesidad psicológica, exagerada, de manifestarse. Responde a una condición personalísima de ser hombre y poeta; de encararse con el mundo, desafiante. Es poesía eminentemente autobiográfica.
Desde la furia interior que lo caracteriza, destruye muchos estereotipos. Se entusiasma por los nuevos modelos, lenguajes y estructuras; desafía a la ética tradicional; a las leyendas y costumbres, y al silencio mismo. Él mismo dijo, en una entrevista a Jan Martínez, en el periódico El Mundo (10/11/1985): “Si mis textos son violentos se debe a que la agresión externa genera de alguna manera la agresión interna del texto; también hubo un momento en que ya no valía tenerle miedo a las palabras porque un escritor no puede tenerle miedo al mismo barro con que se expresa.”
Y el crítico español, Jorge Rodríguez Padrón, en el mismo periódico, años después (08/10/1990), así escribió acerca de Ramos Otero: “Irascible. Explosivo. Apasionado. Tormentoso. Nunca neutral. Siempre en los extremos. Al borde, al margen, subterráneo, temerario, irreverente. Sacrílego, blasfemo, valiente. Para Manuel Ramos Otero su vida era como el desfila de sus propios personajes por su propio filo de la navaja.”

FM En un libro sobre Francisco Matos Paoli, el crítico Javier Ciordia Muguerza, observa la ausencia de poetas puertorriqueños en una antología de la poesía hispanoamericana organizada por el español Jorge Rodríguez Padrón y la poca representatividad de esta poesía en el caso de una antología preparada por el peruano Julio Ortega. Agrego ahora otro caso: la total falta de mención de la poesía puertorriqueña en una antología firmada por el colombiano Juan Gustavo Cobo Borda. ¿A qué atribuyes estas ausencias o lecturas insuficientes de la poesía de tu país en el resto de América hispana e incluso en España?

MP A la indiferencia o negligencia de parte de los puertorriqueños y al desconocimiento y descuido de los antólogos atribuyo esta situación. Aquí no existe todavía un sistema de distribución internacional del libro puertorriqueño. Ni por parte de las editoriales oficiales -las del Instituto de Cultura Puertorriqueña y de la Universidad de Puerto Rico- ni por parte de las editoriales comerciales. En general (salvo una media docena de autores que han editado o coeditado con casas de México, Argentina u otros lugares) los libros no están valorados como producto comerciable. Ni dentro de la Isla; mucho menos en el exterior. El cambio de la moneda en la mayor parte de los países hispanoamericanos no favorece este comercio, pues resulta desfavorable para ellos. Las ediciones son puramente para el consumo interior, reducidas a tiradas de 500 ó 1.000 ejemplares (hablamos de libros de literatura, no de textos para escuelas o universidades).
El mérito mayor reside en la voluntad y esfuerzos de los propios autores. Fuera de esto, la iniciativa mayor que se puede consignar es la participación de algunas casas editoras en las ferias internacionales de Guadalajara (México), de Colombia y Nueva York y la celebración de dos ferias internacionales en Puerto Rico (1997 y 1998), organizadas por José Carvajal y su esposa la poeta Dalia Nieves Albert.
Admitiendo el respetado por ciento de inercia y de omisión por parte de todos en este asunto, creo que todavía nos alcanza la amonestación del pensador Antonio S. Pedreira en la década del 30, cuando decía: “Tenemos que desistir del voluntario abandono de lo nuestro para acabar con el desdén y la indiferencia con que nos mira el mundo”.
Y para los estudiosos y antólogos de la poesía contemporánea les vienen muy bien estas palabras que Marcelino Menéndez y Pelayo escribió hace casi un siglo (a Jorge Rodríguez Padrón por la omisión total de autores puertorriqueños en su antología; igual y peor el caso de Juan Gustavo Cobo Borda, porque ha estado en Puerto Rico. Julio Ortega reduce a sólo tres autores la representación puertorriqueña.). Porque no se conoce no se promueve y porque no se promueve no se conoce la excelente poesía puertorriqueña. Hoy, como ayer hay que decirlo con la gran voz de don Marcelino:

El país que… tiene derecho a ser juzgado por lo que realmente vale, y a ocupar en la literatura americana el lugar que hasta ahora con evidente injusticia se le ha negado en todas las colecciones generales formadas en las demás regiones del Nuevo Mundo.

[1998]

MANUEL DE LA PUEBLA (Puerto Rico, 1930)

Unos apuntes líricos. Ed. Zaragoza Deportiv. Río Piedras. Puerto Rico. 1972. / Romances para decir en las calles de Río Piedras. s. p. i. Río Piedras. Puerto Rico. 1978. / No es desamor tu viaje. Ediciones Mairena. San Juan. Puerto Rico. 1986. / Anillos del amor y de la muerte. Ediciones Mairena. San Juan. Puerto Rico. 1991. / La lucha con el ángel. Ediciones Mairena. San Juan. Puerto Rico. 1998. / Reparos en el espejo – Versos apócrifos de Sor Juana Inés de la Cruz. Editorial de la Universidad de Puerto Rico. 1997. / Sencillamente el mar. Fundación Odón Betanzos Palacios. Huelva. 1995. / Palabra virgen. Ediciones Mairena. San Juan. Puerto Rico. 2004. / Por la ruta de los pájaros. s. p. i. San Juan. Puerto Rico. 2005. / Actas de viandante [antología]. Ediciones Mairena. San Juan. Puerto Rico. 2007.

[Escritura conquistada. Conversaciones con poetas de Latinoamérica. 2 tomos. Caracas: Fundación Editorial El Perro y La Rana. 2010.]

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